Es tan seria, además de compleja, la democracia, que quienes la tomen a broma o hagan de ella profesión o carrera en provecho propio o de los suyos, se exponen a cometer uno de los crímenes más espantosos de entre los registrados en los códigos éticos
(Antonio Aradillas).- En la perspectiva ancha y plural de las elecciones que se nos avecinan, el voto ni es católico, ni protestante, ni ateo. Es ciudadano. Es decir, es expresión y «palabra de honor» de una «persona que posee determinados derechos y deberes cívicos y políticos de la comunidad organizada de un Estado».
Lo de católico y otras calificaciones, ni le quita ni le pone nada al voto, tal y como desgraciadamente acontece con frecuencia en ejercicio tan personal como comprometido.
Esto no obstante, y tal y como soplan los vientos y las estrategias políticas, reflexionar acerca del voto precisamente católico y confesional en general, será de provecho para el mejor desarrollo de la comunidad ciudadana.
Todo cuanto se relaciona con el voto y las elecciones, es serio. Muy serio. La democracia es un valor social de primer orden y consideración. Sin ella, será difícil -imposible – la convivencia entre los seres humanos. Ausente esta, o mal administrada, la paz levanta inequívocamente su vuelo, sin intención alguna de volver al nido y desde el mismo contemplar el paisaje y los testimonios y ejemplos de vida de sus moradores.
Es tan seria, además de compleja, la democracia, que quienes la tomen a broma o hagan de ella profesión o carrera en provecho propio o de los suyos, se exponen a cometer uno de los crímenes más espantosos de entre los registrados en los códigos éticos.
El voto no católico -sino de los católicos-, pese a la confluencia en España de connotaciones más que suficientes que identifican a la Iglesia con corrupciones, vicios y degradaciones aún de sus responsables máximos, puede todavía influir -e influye- de manera efectiva a la hora del recuento electoral en su diversidad de versiones municipales, europeas, autonómicas y estatales.
Con el mejor y más constructivo deseo cívico, social y aún religioso, el católico- católico se formula, y les formula a sus sacerdotes, obispos y miembros conspicuos de la comunidad eclesial, entre otras, esta letanía de preguntas:
¿A qué partido político votarán hoy los obispos en España?. Haciendo un notable esfuerzo de imaginación ¿quién o quienes «ven» a un obispo votando a «Podemos»? ¿Qué opción electoral les aconsejarán a sus fieles sus respectivos obispos al decidirse a echar en las urnas sus papeletas, con criterios parecidos a los insertos en los santos evangelios?.

Estudiados los programas, y dando por supuesta en todos ellos la fiabilidad de quienes los presentan, ¿serán los «podemos» los que los encarnen de alguna manera constructiva?
¿Lo serán los «socialistas», al menos en virtud de su condición semántica, de que «benefician en mayor proporción a los pobres y a los marginados de la sociedad»?
¿Acaso votarán, e inspirarán la dirección de sus votos, a los «populares» que representan a las derechas de toda la vida, que defendieron los intereses del clero, a pesar de cuantas pruebas se aportan, y seguirán aportándose, relacionadas con inconfesables corrupciones, de muchas de las cuales tomaron nota definitiva los representantes oficiales del llamado «Poder Judicial»?
¿Serán los de izquierdas -unidas o desunidas-, pero siempre con eslóganes claros e inteligibles -tomados muchos de ellos de los evangelios, a favor de los pobres-, los destinatarios del voto católico? ¿Primarán los intereses patrióticos, independentistas o no tanto, sobre otros valores que creen supremos, los que atiborren las urnas, al servicio de intereses familiares, o de grupos, aún con etiquetas de dudosa, pero explícita, procedencia religiosa?
¿Serán otros partidos emergentes, algunos con rótulos y gritos de «voces», los que quieran, e intenten, ser portavoces de los afanes del pueblo, pero siempre y cuando el derecho y la Constitución presidan y acentúen sus programas, procedimientos a seguir, objetivos y fines…? ¿Acaso atiborrarán las urnas las papeletas de los teóricamente al menos, comprometidos «ciudadanos», con la claridad, la renovación y el abandono de políticas y politiquerías con los que otros se servían del pueblo, pero jamás lo servían?
¿O será el absentismo el factor que determine la perezosa e inane decisión de quedarse en casa «y sea lo que Dios quiera», por la ininteligible razón de que todos los partidos políticos, por partidos y por políticos, son y se comportarán siempre de la misma manera?
El llamado «voto católico», entre unas cosas y otras, tiene todavía en España largo y misterioso recorrido, por lo que su presencia habrá de ser tenida efectivamente en cuenta a la hora de la verdad, y no a la de las nada fiables encuestas elaboradas y «cocinadas» por los más generosos postores, con títulos técnicos o sin ellos. Conste así mismo, que por lo que respecta al voto femenino, dada la ya consciente situación de marginación en la que dentro de la Iglesia se halla la mujer, es posible que su papeleta recorra caminos electorales distintos a los hasta ahora » oficialmente religiosos».
Y conste por fin, que, después de madura reflexión, consultas, apreciaciones personales y de grupos, por mi cuenta, como sacerdote, como periodista y como «persona de a pié», llego a la conclusión de que el llamado «voto católico» recorrerá en notable proporción y medida, los caminos que la «Vox» sugiere.
Quede nítida y comprometida constancia de que yo, en esta ocasión, «ni quito ni pongo rey», limitándome a dejar simple y reflexiva constancia de lo que todavía sigue aconteciendo en la «católica España», por «obra y gracia» de parte de su jerarquía.


