Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Venezuela, ¿un pais maduro?

En el mundo, en general, los países suelen regirse bien por regímenes más o menos democráticos o por medio de dictaduras, ya sean militares, paramilitares, civiles, monarquías o teocracias, y alguna que otra excepción por medio de particulares sistemas tribales.

En el caso de las democracias, salvo para los cantones suizos y el Estado de California, donde para buena parte de las cuestiones a considerar se practica la democracia directa a través de referéndums al efecto, en el resto de los países, la democracia en puridad (el gobierno del pueblo), no existe, matizándose de forma más o menos representativa, indirecta, delegada, orgánica o como queramos adjetivarla, y casi siempre a través de partidos políticos, en los que se afilia aproximadamente alrededor de un 1% de la población, que cubren, en buena medida, el número de cargos, carguitos y carguetes a repartir en caso de tocar poder, obteniendo resultados a veces, en el mejor de los casos, cercanos a una democracia y las más de las veces bastante alejados, aunque prevalezca el engaño general de que nos regimos por sistemas democráticos, algo que le interesa, con éxito, a todos los partidos que viven de ello, pues la democracia en puridad, para que funcione, es preciso contar con un pueblo muy bien informado, serio, consciente y responsable, y eso, aparte de que no existe en casi ningún país en el mundo, es una característica que jamás le ha interesado al poder establecido, ya sea político, social o económico.

En el campo de las dictaduras, el asunto tampoco es uniforme, pues según las distintas organizaciones humanitarias existen actualmente en el mundo 48 dictaduras, la mayoría de corte socialista. En un análisis superficial, subjetivo y bastante infantil, podríamos decir que existen dictaduras buenas y malas, dependiendo de juicios particulares de quienes son perjudicados, o viven de ellas o en consonancia con sus planteamientos. Ya si nos atenemos a una calificación algo más seria, las dictaduras suelen ser militares, teocráticas, tribales, civiles, o seudo-democráticas, aunque todas ellas suelen necesitar del apoyo del ejercito para sostenerse. Aquí no obstante prolifera el fenómeno de conversión de una teórica democracia en dictadura, algo que suele suceder dependiendo en buena parte de las características propias del líder en cuestión, aunque su llegada al poder hubiera sido por resortes más o menos democráticos, o bien por disponer de mayorías absolutas, por falta de garantías políticas en el pais de que se trate, o por una oposición mermada por sus persecuciones e imposibilidades de subsistencia. No debemos olvidar que Hitler (nacionalsocialista) llegó al poder tras unas elecciones, al igual que han hecho Putin (comunista, socialista y ex director de la KGB) o Maduro (socialista), sin hacer hincapié en China y Corea del Norte, que también practican una democracia a su maneras. Generalmente, cuanta menos democracia, por miedo, por demagogia o por falta de oposición, mayores porcentajes de éxito en unas elecciones.

Están también las dictaduras teocráticas o según establece la RAE, “sociedades en las que la autoridad política a considerar, emana de Dios”, siendo las principales, el Estado Vaticano, Irán, y en menor medida, Sudán, Pakistán y Marruecos.

Sin entrar en otras consideraciones y ciñéndonos en las llamadas democracias, dictaduras y regímenes intermedios, que tanto se pueden considerar de una u otra forma, a las democracias se llega al poder a través de un sistema de elecciones más o menos justo, equitativo y representativo, aunque posteriormente y por medio de dinámicas derivadas o indirectas, acaben obteniendo el poder ejecutivo quienes no fueron votados para ello en las urnas, como es el caso actual en España y algún que otro país de la considerada órbita democrática, no digamos ya quienes forman el gobierno, máximos responsables de cada sección de poder, a los que nadie ha votado.

A las dictaduras suele llegarse a través de golpes de Estado o de sistemas de partidos únicos, limitados, o bien por apaños electorales de coacción.

Si nos atenemos al caso candente de Venezuela, hemos de convenir que se trata de una dictadura ejercida a través de un sistema simulado de democracia, amañada a base de establecer limitaciones de todo tipo a la oposición y tras unos resultados electorales sobre los que pesan serias sospechas de fraude electoral. 

Aquí no obstante se da el caso, no habitual, en el que la legislación aplicable justifica que el legislativo, en caso de llegada al poder de forma fraudulenta por parte del ejecutivo, pueda inhabilitarlo para convocar de nuevo elecciones al poder ejecutivo, pues en Venezuela se vota cada poder, como es lógico en un sistema democrático, el poder legislativo y el ejecutivo, no como en España que el ejecutivo lo nombra el legislativo, e incluso el judicial, vulnerando escandalosamente la independencia de poderes y el control correspondiente.

El problema no existiría en aplicación de la ley venezolana, si el poder ejecutivo lo ejerciera alguien con talante y actitudes democráticas que aceptase la práctica de la ley, de manera que una vez interviniese el poder legislativo y se hiciese cargo del ejecutivo provisionalmente, en tanto no saliera de las urnas un nuevo presidente de la república, el derrocado aceptara tal aplicación de la ley, aunque luego volviera a presentarse en una convocatoria que garantizase la legalidad democrática.

El carácter dictatorial de Maduro, le impide aceptar esa aplicación de la ley y no someterse a ella, atrincherándose en el ejercicio del poder y amparándose en la protección del estamento militar y de los grupos paramilitares a sus ordenes. Ello impide el cumplimiento de la ley y en consecuencia el ejercicio del poder ejecutivo por parte del presidente de la Asamblea Nacional, quien no dispone de los instrumentos de poder, ni del normal funcionamiento de la Administración para su ejercicio. 

En esas condiciones y por mucho que la mayor parte de países reconozcan a la Asamblea Nacional en la figura de su presidente, como máxima autoridad, de nada sirve si ello no es ejecutivo, siendo así imposible, no solo la convocatoria de nuevas elecciones, sino el nombrar representantes legales en esos países, y menos en los que aun no reconocen la nueva situación. Evidentemente, cuando el nuevo embajador en España llame a la puerta de la embajada, posiblemente ni le abran la puerta al no ser reconocido como tal por el embajador de Maduro, y aun en el caso de establecer la embajada en una nueva sede, carecerá de los resortes de la administración para resolver cualquier asunto.

Como un dictador sostenido por las fuerzas armadas es imposible derrocarlo, por muy legal que ello fuera, solo existen tres modos de lograrlo, bien por una intervención militar exterior, por una revuelta interna, o mediante negociaciones con los militares que sostienen al dictador. El poder legislativo venezolano está intentando esta última vía, la que sin duda también aplica EEUU, aunque este amenace, por otra parte al dictador, con llevárselo a Guantanamo, solución muy al estilo yanki y que desautoriza drásticamente, al menos en teoría, la Unión Europea, pues ver a Maduro en Guantánamo, como hicieron en su momento con el narco-presidente panameño, a la mayoría nos encantaría, y para Venezuela sería un regalo impagable, aunque formalmente tuviéramos que mirar hacia otro lado. 

Evidentemente las negociaciones con la cúpula militar pasan por una amnistía a sus múltiples corruptelas de todo tipo, pero también con apoyar cualquier revuelta interna por parte de los militares de segundo orden con ambición de escalar en el escalafón, a base de disparar al alza, aunque escupir hacia arriba siempre tiene sus riesgos.

Maduro, perfecto conocedor de la situación, procura por todos los medios tener a su lado a los militares de toda graduación y a los grupos paramilitares, a los que ya ha armado, sabiendo que si caen, y por mucha promesa que pueda hacer el presidente provisional, el poder judicial puede ejercer todo su poder y cargar con toda dureza contra la galopante corrupción que pende sobre el estamento militar venezolano y los grupos de narcotraficantes que amparan a Maduro.

La solución no parece sencilla ni a corto plazo, ya que resulta insólita la derogación de un dictador que aun cuenta con gran parte de la ciudadanía y con la mayor parte del estamento militar, aunque algunos admitan ahora pasarse a la nueva legalidad, posiblemente en espera de nuevas prerrogativas con el posible nuevo gobierno.

Hoy en política, no obstante, se ha impuesto el corto, o muy corto plazo para tomar decisiones, así como la ambigüedad de poder estar a un lado u otro según las conveniencias, el soplar del viento, o los intereses huérfanos de ideología.

Alfonso Guerra, pasados los años, pasada su euforia socialista y su intransigencia política (quien se mueva no sale en la foto), ahora admite que partiendo de la base de que cualquier dictadura es no deseable, en el Chile de Pinochet no había hambre ni carencias de todo tipo, mientras que en esas dictaduras de izquierda sudamericana, donde la corrupción es galopante, como Venezuela, Nicaragua o Cuba, las dictaduras no han traído otra cosa que miseria generalizada.

No se que puede ocurrir, pero si afortunadamente Maduro acaba cayendo, el resultado de nuevas elecciones, con una oposición a Maduro bastante fraccionada,  una corrupción generalizada, una sociedad dividida y una demagogia muy asentada, tampoco promete demasiadas garantías de estabilidad, sobre todo si pensamos que Venezuela es uno de los países mas ricos del mundo en cuanto a sus riquezas naturales, no solo de petróleo, de ahí el interés actual por parte de EEUU, Rusia y China, buscando un nuevo reparto en el que situarse adecuadamente, no precisamente por cuestiones humanitarias, pues si por ello fuera, con girar la vista hacia el continente africano, hay multitud de lugares donde intervenir impartiendo “justicia”, en lugar de estar esquilmando sus riquezas con nocturnidad y alevosía y sin levantar la voz, no vaya a ser que nos enteremos de todas las tropelías que allí practican y las barbaridades que consienten o alientan. Curiosamente, las colonizaciones en Africa de hace aproximadamente un siglo lo eran económicas, pero también sociales y de progreso, salvo bochornosas excepciones, pero ahora solo lo son económicas, esquilmando sus riquezas y llevándolas a cabo por compañías multinacionales al amparo de las principales potencias.

A todo ello, ver al guaperas en el poder, gracias a secesionistas, independentistas, terroristas, extrema izquierda, comunistas, encarcelados, huidos de la justicia, pactando dar pasos hacia la desmembración de España en su propio provecho, a la vez que, faltando a su palabra, da lecciones y plazos a otros para convocar elecciones… tiene tela.

No quiero extenderme demasiado pero esta es, entre otras, la diferencia entre Gobierno, encabezado por un dirigente de partido y Estado a cargo de alguien independiente como en este caso es Felipe VI, lo que posiblemente no ocurriera ni se establecerían esas diferencias, en el caso de que quien ostentase la presidencia del Estado perteneciese a un partido político y buscase, como hace Sánchez, la defensa de sus intereses y los de su partido sobre los de España, en la que cabemos todos.

 

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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