Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

!Viva San José!

Cuando el predicador judío Jesús de Nazaret, tras anunciar la inminente llegada del fin del mundo, es condenado a muerte por Roma por el delito de sedición, en una Galilea convulsa y sometida, quien esperaba al líder que la liberase del Imperio, apenas tenía más allá de una cincuentena de seguidores, temerosos de ser identificados con el crucificado y con su mensaje liberador, un grupo al que aglutina posteriormente en Jerusalén su hermano Santiago el Justo, a quienes debemos sus primeras manifestaciones en pro del maestro, en una tradición oral que poco a poco se iría extendiendo, tanto en Galilea como en Judea y en Asía Menor.

Es la puesta en escena de Saulo de Tarso, quien no conoció a Jesús, el primero que escribe, no sobre el Jesús histórico, sino sobre el Cristo de la fe, con quien se da un salto definitivo en la expansión de sus teorías, en una consideración del personaje ya muy próxima a la de divinidad, de la que hasta entonces carecía. Sus cartas a los distintos pueblos por los que va fundando iglesias atraen a toda una serie de seguidores, quienes recogen la tradición oral que sobre el personaje se iba formando y transmitiendo, de quienes con él convivieron a quienes iban aceptándolo, magnificando en cada transmisión la talla del personaje, paralelamente a la institucionalización de una nueva religión que partiendo del más absoluto judaísmo en sus inicios, y extendida por Pablo a los gentiles, habría de expandirse y de necesitar por ello de testimonios escritos de los que hasta entonces carecía, testimonios escritos decenios después de los supuestos hechos, cuando es sabido que cualquier testimonio transmitido oralmente, y más por personas interesadas en matices muy concretos, no aguanta ni una semana sin perder la mayor parte de su certeza. Hoy, las versiones de los distintos periódicos sobre cualquier hecho acaecido el día anterior, difieren notablemente e incluso con cierta regularidad se contradicen.

Por otra parte, para el pueblo romano, la consideración de la mujer era paralela a la del esclavo, al servicio del hombre y sin que su protagonismo pasase de las labores propias del hogar, de la maternidad y del trabajo, lo que paralelamente ocurría también con el pueblo judío, algo que, por otra parte, tampoco ha cambiado demasiado en las tres religiones monoteístas que comparten el Antiguo Testamento.

Por aquel entonces, se creía, en el área de influencia greco-romana, e incluso en muchas otras civilizaciones, que los grandes personajes tenían un origen divino, aun nacidos de mujer, así Alejandro Magno, Platón, Aquiles, Perseo, Rómulo y Remo, etc. Todos ellos hijos más o menos directos de distintos dioses y a los que el pueblo, por ello, tenía en mayor consideración.

Por otra parte, el pueblo judío, tenía en la tradición y en sus múltiples profecías, el norte de su existencia, aunque finalmente el cumplimiento de tales profecías raramente llegaba a plasmarse en palpables realidades.

Tan pronto la figura de Jesús iba creciendo y sus acciones cobrando mayor protagonismo en la sociedad, la necesidad de su deificación era evidente, así como el contar con un curriculum de cuna que lo acercase a dicha divinidad, por lo que su origen davídico y su concepción a través de una virgen y por origen divino, fue cobrando cuerpo poco a poco, y aunque todavía no en las epístolas de Pablo ni en el primer evangelio de Marcos, si aparece ya con Mateo y Lucas.

Hasta entonces, ni la figura de María ni la de José, ni las de los hermanos de Jesús, tenían el protagonismo contradictorio que fueron cobrando a partir de su deificación.

Hoy, aun cuando con rigor histórico sabemos poquísimo de la figura de Jesús y de uno de sus hermanos, Santiago el Justo, nada se sabe ni de sus padres, ni del resto de sus hermanos, “conocimiento” que nos viene dado  a través de la visión que fueron transmitiendo oralmente sus discípulos por medio de la existencia de bastantes más de doscientos evangelios con textos de lo más variopintos, de los que finalmente cuatro, también contradictorios en gran parte y con no pocas modificaciones, fueron reconocidos oficialmente por la Iglesia.

También desconocemos la autoría de los cuatro evangelios, que atribuimos a discípulos de Marcos (el primero), de Mateo y Lucas poco después, y finalmente y ya más distanciado en el tiempo y con otra estructura muy distinta, el de Juan.

Para los primeros judeocristianos, Jesús y sus hermanos Jacobo o Santiago, José, Simón, Judas y al menos dos hermanas más, eran hijos del matrimonio constituido por José y María, residentes en Nazaret, de profesión el padre carpintero, lo que abarcaba buena parte de oficios de la construcción y María inequívocamente, como mujer judía de entonces, “sus labores”. Sabemos también que Nazaret era un pueblo minúsculo (hay quien niega su existencia) y que Galilea vivía momentos muy delicados, tanto políticamente como en materia religiosa, pues se creía muy cercano el fin del mundo, entre los judíos.

La necesaria divinidad de Jesús, su conveniente nacimiento de una virgen a través de la figura de un ángel enviado de Dios y el cumplimiento de la profecía de Isaias que lo anunciaba, dieron un vuelco absoluto a todo lo aceptado hasta entonces.

La traducción al griego del texto en hebreo de Isaias (7,14), donde anuncia que el Mesías nacerá de una mujer joven “almah o almâ” al que pondrá por nombre Enmanuel, es traducido por una mujer virgen (lo de Enmanuel mejor lo olvidamos), algo que de forma inmediata elevaba la categoría del personaje a la divinidad. El problema es que el evangelista toma como referencia la traducción alejandrina de la Biblia hebrea al griego, donde aparece el error de traducción. 

A partir de ahí, Mateo y Lucas se encargan de dar cuerpo a la teoría en cuestión. Lucas lo construye a partir de María, mientras Mateo nos da la versión de José, aunque para ambas es necesario desmontar el lógico devenir del origen de Jesús, pasando el pobre José a no ser el padre de Jesús, a ser un viejo viudo que traía ya unos hijos de un anterior matrimonio, o bien había adoptado a unos sobrinos, primos entonces de Jesús que vivían con ellos, debiendo soportar que su prometida (desposada) apareciera embarazada sin su participación y callárselo, pues en la Galilea de entonces suponía la muerte por lapidación inmediata, un precio altísimo.

Hoy, desde la ciencia, afortunadamente sabemos ya que los milagros no existen, y que la calificación como tales se da a aquellas manifestaciones de las que se desconocía su procedencia, que entonces eran la mayoría de los considerados extraños y que era bastante natural el aceptarlos a partir de innumerables creencias. Hoy también sabemos que se puede ser madre siendo virgen, pero ello requiere de una operación de inseminación artificial, desconocida entonces y que sin la intervención de un espermatozoide no existe maternidad, creencias aparte.

El montaje podía tener su sentido entonces ante el grado de conocimientos de la época, pero hoy aparece como algo de un infantilismo enternecedor.

Para el texto atribuido a Lucas, escrito alrededor de unos 90 años después de los acontecimientos, María, desposada con José (prometida en espera de convivencia), en su soledad, recibe la visita de “un ángel”, una figura mitológica del credo judío que forma parte de los ejércitos de Yahvé, concretamente el arcángel (mayor graduación) San Gabriel, quien le anuncia que dará a luz un niño, sin intervención de ser humano alguno. Al respecto, en Italia, concretamente en la iglesia de la Madonna di Loreto, se conserva una “pluma” del ala (no sabemos si derecha o izquierda) del arcángel San Gabriel cuando visitó a María, acompañada de la “ventana” por la que se introdujo Gabriel cuando lo de la anunciación. También en la catedral de Meinz, en Alemania, su arzobispo mantenía que dos plumas allí guardadas, !y un huevo!, pertenecían al Espíritu Santo cuando se transformó en paloma. 

Por su parte, para el texto atribuido a Mateo, escrito unos pocos años antes, es José a quien, en sueños, se le anuncia que no debe alterarse por el embarazo de María, pues es voluntad del Señor y que a su intervención se debe. Al respecto, el actual Papa, el argentino Francisco, ha dicho lo siguiente: “yo quiero mucho a San José porque es un hombre fuerte y de silencio, y en mi escritorio tengo una imagen de San José durmiendo y durmiendo cuida de la Iglesia. De hecho cuando la Iglesia tiene importantes problemas yo le dejo una notita por debajo para que nos ayude”.

Ello sin embargo, en un mundo infinitamente más machista que el actual, donde el adulterio se pagaba con la lapidación, parece aceptarse sin más, y todo tras la aparición a una mujer, sin testigo alguno, de un señor vestido de blanco y con alas, que le cuenta lo del embarazo sin espermatoziode alguno por en medio, y a un sueño que tiene el desposado, hechos cuya razón entonces era más que suficiente para romper el compromiso de llevar a cabo los correspondientes esponsales, de los que tampoco nada se sabe. Luego vendría lo de Belén, los santos inocentes, lo de los magos, la estrella y toda una serie de invenciones de novela de ciencia ficción, sin el menor rigor histórico, que entonces engrandecían la figura de Jesús, aunque ahora se nos antoje de una fantasía desbordante y produzca entre gente no fanatizada el efecto contrario. Tal es así que algunos judíos acusaron entonces a Jesús de ser hijo de la prostitución, e incluso en el siglo II, una pagano de nombre Celso, afirmaba que José expulsó a María de casa por haber cometido adulterio con un soldado romano llamado Pantera, y que tiempo después nacería Jesús. También, y con origen judío, circulaba que los relatos de Mateo y Lucas eran para borrar los orígenes, que eran de dominio público, de Jesús como nacido de una relación anterior al matrimonio con José, algo que a ciencia cierta, posiblemente nunca lleguemos a conocer.

Según el teólogo holandés Edward Schillebeck “nada de lo que los evangelios cuentan es historia, sino expresión de su fe en Jesús”.  

De la figura histórica de Jesús poco podemos hablar ya que prácticamente nada se sabe (Flavio Josefo, el principal historiador judío de le época, lo cita únicamente de soslayo), pues entre otras consideraciones no dejó mensaje alguno por escrito, aunque se le supone su conocimiento tanto de la lectura como de la escritura, y ello, lo de no dejar escrito alguno, quizá debido a que su labor pública se basaba en la preparación del mundo judío para un inminente fin de los tiempos, lo que tampoco precisaba de dejar escrito alguno para una posteridad no esperada y menos cuando su audiencia se limitaba al pueblo judío. Lo que si es absolutamente novedoso, y con un peso descomunal, es su mensaje del perdón, el devolver el bien por mal y el amar al prójimo como a uno mismo, su principal legado, aunque prácticamente no ejercido por casi nadie.

Volviendo a la figura de María y bebiendo en las fuentes de una autoridad como Antonio Piñero, quizá el mayor experto en el siglo I (recomiendo, entre muchos otros, su último libro “aproximación al Jesús histórico”, “en la iglesia primitiva, nadie defendió la virginidad de María (ver Marcos 3-20 a 23)”. Pablo, el auténtico creador del cristianismo, quien convirtió a un judío que predicaba solo para judíos en un predicador universal, no solo no menciona a María, sino que dice que Jesús era nacido de mujer, sin mayor consideración.

Hasta el siglo III la devoción a María no existía, empezando a tomar cuerpo a finales del siglo IV con San Jerónimo, consolidándose ya hacia los siglos VI-VII y llegando con los siglos posteriores hasta el paroxismo con todo tipo de devociones donde la tradicional idolatría católica es más patente, con todo tipo de vírgenes a las que adorar, unas más milagrosas que otras, con peleas incluso entre partidarios de una o de otra y competiciones sobre cual es la imagen mas enjoyada, más guapa o más triste, pero en todas ellas preponderando su calidad de virgen, como si la virginidad fuera una virtud a la que rendir culto, en lugar de la mayor exaltación de un machismo necesitado de que la mujer se le ofrezca con su precinto intacto, único y lamentable sentido de la virginidad.

A partir de ahí, la explotación de ese error inicial de traducción ha sido llevado hasta lo más alto, en cuanto a su aprovechamiento en lo que hoy constituye la llamada “Mariología”, en donde no hay teólogo que no lo sepa todo sobre lo ocurrido con María hace ahora más de veinte siglos en una aldea de Galilea, a partir de la aparición de un ángel y el sueño de un pobre hombre sacrificado, al que hoy llaman “San José”, cuya santidad parece deberse a su innegable capacidad de encaje. Evidentemente si mañana tu prometida se te aparece embarazada sin saber tu nada sobre el particular y diciéndote que fue el Espiritu Santo, y tu simplemente te molestas, pero luego sueñas que es cierto y entonces ya todo vale, no puedes por menos que ser o un santo, quizá el mas santo de todos los santos, o…

En 107 Ignacio de Antioquía defiende ya, sin ningún genero de dudas, la virginidad de María. En el tercer concilio de Efeso, en 431, se declara dogma. En 553 durante el segundo concilio de Constantinopla se acepta la perpetua virginidad de María, virgen antes, durante y después del parto, sin descendencia posterior (siempre virgen). Sixto IV, en 1476 declara la condición de inmaculada, nacida por tanto sin pecado original. Santo Tomás de Aquino (tiene perlas extraordinarias sobre la mujer), llega a decir que María parió sin abertura del útero y sin perjuicio para el himen. El Papa Pablo IV confirma la absoluta virginidad en el concilio de Trento de 1555. Ya en 1854, Pio IX lo declara como una verdad infalible revelada por el Espíritu Santo, para finalmente, hace menos de un siglo, concretamente en 1950, Pio XII considera como dogma la asunción de María a los cielos (no se sabe si en vida, ya muerta, o en partes, pues son multitud las reliquias que se exponen en iglesias de partes de la virgen), y todo ello aderezado con múltiples apariciones, curiosamente solo observables en todo el mundo católico y, en general, manifestada a los más simples del lugar.

¿Y San José? ¿Que le queda al pobre?. Salvo su curioso sueño, nada sabemos ni de su vida ni de su muerte, ni de su relación con Jesús, ni siquiera le dejan ser padre de ninguno de sus hijos, incluso le hacen transmisor de la descendencia de la casa de David sin tener nada que ver en la paternidad transmitida, ni asoma la cabeza en la poquísimas citas en las que en los evangelios aparecen Maria y los hermanos de Jesús. ¿Donde estaba José?. Jesús asciende, María es ascendida, ¿y José?.

Ay María si vieras, estos vividores, a lo que han reducido al pobre pepiño… 

!Viva San José!        

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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