El Acento

Antonio Florido

Nativitas Mundi, por José Antonio Amunátegui (II)

Nativitas Mundi, por José Antonio Amunátegui (II)

NATIVITAS MUNDI
Hemos mencionado al pasar, con todo respeto y sin ánimo de inquietar a algún soberbio, que tenemos fecha de vencimiento y que, en cien años más, prácticamente todos los 7.800 millones de humanos que hoy respiramos, habremos fallecido. Un ego superlativo podrá entrar en modo pataleta sólo porque le mencionan el tema; es normal, es todo lo que podemos esperar de un infectado por el egoísmo. El resto de las personas humanas hemos fijado nuestra mirada en un punto más allá de la propia vida, reconociendo que está unida a quienes vendrán después de nosotros, como la nuestra está indisolublemente unida a quienes nos precedieron.
A esa mirada que se deja seducir por lo que trasciende se le llama de diversas maneras, algunas disparatadas. Unos le llaman sabiduría, otros santidad… La mirada acentúa la subjetividad cuando quiere el derecho de regir a otros por el solo voluntarismo del ego; la mirada es objetiva cuando se posa en un objeto externo al “yo”, abrazándolo amorosa y enamoradamente con el deseo de comprenderlo; a cambio, es subjetiva cuando sólo le desea, codicia y avaricia para su goce y desecho. Aunque podemos hablar de sabiduría y santidad, hacemos notar que es más simple: la objetividad es un fruto del amor, cuya potente luz nos conecta a una red cósmica y nos hace comprender, con humildad y conciencia de pequeñez, la grandeza del universo que nos cobija y el sentido de la existencia. El yo egoísta es ciego al sentido, es obscuridad pura.
Quien mira con amor, quien ha sentido en sus venas el feroz latido ante otro y ante la belleza del universo, sabe que, una vez enamorado, ya no hay pie atrás, no habrá refugio en el yo egoísta. “Adelante” nos aparecen diáfanas las potentes luces de la fecundidad y la belleza de los renuevos, cantando el ciclo de la vida con infinitas voces armónicas; “adelante” no hay tiempo ni espacio, no hay indeseados ni sobrantes. Muchos consumen drogas para intentar expandir su estado de conciencia, ignorando que el amor es el único que despierta adormecidos, que abre ojos habituados a lo obscuro y los encandila con la potente luz que emana de la creación.
La luz más potente es la nueva vida. En primavera, cuando los renuevos despiertan y comienzan a bailar ante nuestros ojos, sus colores nos recuerdan que, aunque nuestras leyes nieguen la vida y afirmen la muerte, la naturaleza rebelde sigue por sus cauces y sus fueros, impertérrita, sin la más mínima intención de prestar oídos a nuestras absurdas altanerías. Simplemente la vida se une y recomienza, una y otra vez, ante nuestras narices, aplastando la amarga mirada de grinch con la ternura y la inocencia del que ama con curiosidad.
La “Nativitas Domini”, además de encarnar esta particular renovación del ciclo vital, reporta un conocimiento valórico aparentemente judeocristiano, arraigado en las más profundas tradiciones del monoteísmo occidental y oriental. No es casualidad que Jesús de Nazareth nazca en un pesebre, y que desde un palacio se dé la orden de matar a todos los niños nacidos para evitar que él, rey, sobreviva y reemplace al poderoso de turno. No es casualidad que viva en el silencio, tenga una vida pública breve, muera en público como un delincuente, y resucite en privado dejando en duda su condición de dios y mesías. De este “signo de contradicción”, a ojos mundanos, el paganismo sólo celebra su nacimiento, confirmando el primer, básico y más importante instinto: autoconservación, del que deriva la reproducción de la propia especie.
Para nosotros los creyentes “Navidad” es palabra ya contraída y vaciada de su sentido original, “Nativitas Domini”; pero para todos, creyentes o no, cada nuevo nacimiento es “Nativitas Mundi”, navidad del mundo. En cada pesebre se admira, desde la perspectiva cansada, derrotada y algo cínica, al ser que aún no ha cometido pecado ni delito, ni tiene aún pensamientos impuros; se admira, reverencia y cuida a la pureza de manos y corazón … o al menos se debería.
El punto de quiebre de toda ideología está en la contemplación de la nueva vida; quienes quieren detener el tiempo y regir desde la soberbia del dogma estático, se verán superados por una dinámica vital que, de esas torres de Babel, no dejará ni guijarros de ladrillos; esa dinámica demolerá las egolatrías sin apagar la mecha que aún humea ni quebrar la caña trizada. A la “pax romana” o de cementerios, esa nueva vida devolverá al mundo la paz simbolizada en el león paciendo con el cordero. “Immanuel, o süßes Wort!” (JS Bach, Weihnachts Oratorium, Kantate IV). Si sólo pudiéramos verlo y escucharlo con claridad… JAAO

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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