He leído en El Periódico de Barcelona las explicaciones de un montón de ciudadanos que no votan. Por muy diversas que sean, todas tienen un común denominador: su desconfianza de los políticos.
Nunca, en estos treinta años de democracia, el crédito de la clase política ha sido tan bajo. Lo dicen las encuestas del CIS y lo ratifica el paulatino descenso de la participación electoral.
No lo siento por los políticos, allá ellos, sino por nosotros, los ciudadanos del común. Por grande que sea la abstención, los electos seguirán ocupando y utilizando sus cargos. O sea, que no acudir a las urnas es algo parecido a escupir hacia arriba: siempre acabará cayéndonos el gargajo encima. Así que, además de no alcanzar nuestro objetivo, tendremos que mandar el traje a la tintorería.
Quien quiera, pues, castigar de verdad a los políticos que acuda a las urnas y vote en blanco. El día en que hubiese más papeletas blancas que partidarias sí que se armaría la de Dios. Mientras tanto, no nos engañemos: si nos quedamos en casa, aunque sólo consigan su propio voto, los candidatos seguirán siendo elegidos y nosotros, en cambio, a fastidiarnos.
