Rupert Murdoch acaba de comprar The Wall Street Journal. Esta semblanza la publiqué en el periódico Noticias del Mundo, de Nueva York, el 19 de julio de 1997, y acaba de ser recopilada, con otros nombres de mi peripecia profesional, en el libro Personajes de toda la vida (2007), editado por la UNED de Valencia:
«Nadie diría, al verle, que es uno de los hombres más poderosos del mundo. Al contrario. Por su indumentaria descuidada podría confundírsele con cualquiera de sus miles de empleados.
«Otro, a su edad, estaría jubilado en Florida o jugando con sus nietos. Y, eso sí, con mucho menos dinero y bastantes menos merecimientos que él.
«Pero este hombre de aspecto inofensivo necesita la adrenalina del riesgo. De hacer lo inesperado. De atreverse con lo imposible. Por eso vive instalado en el conflicto. Así doblegó a los sindicatos de Fleet Street en su día. Y así convenció también, en el suyo, a la banca internacional que le acosaba.
«No se aferra a las cosas, como hace la gente menos imaginativa. Prescinde de empresas y de colaboradores con una facilidad que ya quisieran otros para dejar de fumar. Por eso, a veces, resulta difícil saber quién es el interlocutor adecuado para hablar con él.
«Pasó fugazmente haciendo negocios por España. Cuando vio que no le interesaban no perdió un segundo. En vez de seguir con ellos, prefirió que le presentaran al Rey de España. Y, claro está, lo consiguió.
«Al sentarse en una mesa de trabajo con él, no hay que llamarse a engaño. De manera inocente, en cualquier momento, puede inquirir: «Explíqueme esta cifra que no la entiendo». Entonces, uno, en vez de mirarle con suficiencia, lo que debe hacer es ponerse a temblar».
