Estupor, frustración y tristeza son los sentimientos colectivos tras la imprevista derrota de España en el Eurobasket. Y es que cuando las expectativas son altas, la decepción resulta mayor.
A esa medalla perdida no la compensa la insólita obtenida por el voleibol en Moscú. Una afición que ya sabe de memoria los nombres de Navarro, Rudy, Calderón, Garbajosa… y, sobre todos, Pau Gasol —extenuado el domingo—, no sólo desconoce los de los jugadores de voleibol, sino que hasta ignoraba que dirimiesen el campeonato de Europa.
Son dos raseros distintos. Por eso, en Madrid, aparte de los de siempre, estaban todos los famosos: desde Rodríguez Zapatero a Acebes y Aznar, desde Rafa Nadal a Raúl González y desde Almodóvar a Serrat, pasando por Pedro J. Ramírez y Ágatha Ruiz de la Prada. No sé si cabían aficionados de a pie. Sí sé, en cambio, que en Moscú nuestros jugadores estaban solos.
Ese contraste se merecería la reflexión de estudiosos del comportamiento humano, como Eduard Punset o José Antonio Marina, ya que el deporte es hoy día el espejo donde se reflejan nuestras emociones más íntimas.
