A Contracorriente

Enrique Arias Vega

El cerebro tiene la culpa

Lo han leído ustedes en los periódicos: el cerebro de los progres es distinto al de los carcas, o al revés, que nunca se sabe.

Ya lo ven: la culpa de que uno sea así o asá, de que vote a Rajoy o a Rodríguez Zapatero la tiene el córtex cingulado anterior. Entonces, a mí, plim, que no me pidan responsabilidades porque se trata de una mera reacción funcional.

De Pavlov a acá ya sabíamos que todo está en el cerebro: desde la memoria hasta la motricidad. Pero que ser de izquierdas o derechas no dependa de uno, de su reflexión personal y de su experiencia, de sus circunstancias ambientales y de sus creencias, supone una impune claudicación a la fatalidad que me niego a asumir.

Hasta hace cuatro días, como quien dice, la culpa de todo se le achacaba a las condiciones materiales, que diría Carlos Marx. Para el docto filósofo, todos estábamos liados en una sempiterna lucha de clases y, según cuál fuese nuestra adscripción social, nos situábamos a uno u otro lado de los dos frentes en conflicto. En consecuencia, nos convertíamos en burgueses o en proletarios, éramos de derechas o de izquierdas.

Pues no. Unos investigadores de la revista Nature Neuroscience han dictaminado que a los de izquierdas se les activa una zona del cerebro que les permite tomar decisiones de cambio, mientras las neuronas de los de derechas son menos flexibles y tienden a la repetición de sus pautas de comportamiento.

A lo mejor es así. Y no seré yo quien lo ponga en duda, pues apenas si saqué un aprobado raspado en biología hace cuarenta años. Pero convertir en causa lo que quizás sólo sea un efecto resulta más peligroso y menos científico que ponerse los calcetines del revés. Ya que, según esa regla de tres, el que prefiramos pepsi o coca-cola dependerá de un circuito cerebral. Y lo mismo el que seamos hinchas del Sevilla o del Betis, del Madrid o el Atleti.

Siguiendo esa resbaladiza reflexión, el que uno se comporte o no como un hijoputa no se deberá pues a su libre albedrío, sino a que se produzca o no un cortocircuito neuronal. Por consiguiente, adiós a la libertad y a la responsabilidad individual, a esa comprobada capacidad de autocontrol que nos reitera en su último libro Eduard Punset.

Ya ven si no es peligroso el corolario: desde los violadores a los terroristas, pobrecitos, estarían todos ellos condicionados por su cerebelo. Y lo siento, pero no me vale esa conclusión. De ser algo, tales tipos son unos descerebrados. Pero responsables, seguro que sí.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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