El libro bíblico de El Apocalipsis, primero, y Nostradamus, muchísimo después, fueron prudentes y no pusieron fecha al fin del mundo. Simplemente, dieron pistas para que nos fuésemos preparando, por si acaso. Y hay gente que ya empieza a ver algunas de esas señales proféticas.
Ahora hemos sabido que el gran físico del Siglo XVII, Isaac Newton, nos emplazó para un año concreto. Sus cálculos, basados en una cita de El libro de Daniel, dataron el acontecimiento 1.260 años después de la refundación del Sacro imperio Romano Germánico por Carlomagno. Según él, esto se acabará en 2060. A la vuelta de la esquina, como quien dice.
Por supuesto que todo el mundo puede equivocarse en sus pronósticos. Le sucedió, por ejemplo, al arabista norteamericano Bernard Lewis, quien predijo con todo lujo de detalles la traca final para el 22 de agosto del año pasado y, que uno recuerde, no pasó nada de particular. También algunos exegetas de Nostradamus, incluido el famoso modisto Paco Rabanne, estaban convencidos de que el gran colapso sucedería durante el eclipse solar del 11 de agosto de 1999, para general pitorreo del personal.
Quien lo tiene más claro en lo que respecta a España es Juan José Ibarretxe. Ya ha fechado su referéndum de autodeterminación para el 25 de octubre de 2008. La ratificación de la ruptura de España se realizaría, según su plan, en el segundo semestre de 2010. El lehendakari aventaja a los otros profetas del Apocalipsis en que es él quien decide acabar con España con sus propias manos, sin necesidad de lluvias de fuego, grandes maremotos y demás agentes foráneos.
En ese final “amable y democrático”, en vez de catastrófico, se adelanta a Josep Lluís Carod-Rovira quien, más prudente, ha propuesto un referéndum semejante para Cataluña el 11 de septiembre de 2014, trescientos años después de que las tropas de Felipe V derrotasen a las del archiduque Carlos en Barcelona. Y es que la simbología de las fechas importa mucho en estos acontecimientos.
O sea, que estamos avisados: aún habrá unos años entre el fin de España y el del mundo para que todos los aspirantes a reyezuelos de esta piel de toro puedan tener un Estado suyo donde mandar. Yo, modestamente, me lo voy a pensar. Entre tener mi propia ínsula de Barataria, como Sancho Panza, o irme de juerga en espera del Juicio Universal, como en aquella película del mismo título de Vittorio de Sica, a lo mejor me decido a echar una cana al aire. Total, para lo que queda…
