A Contracorriente

Enrique Arias Vega

Los pesqueros de Santa Pola

Últimamente, los pesqueros de Santa Pola alternan la captura de peces con la de personas a la deriva.

No se trata de un caso aislado, ni de dos. Con el salvamento de 58 personas a punto de ahogarse por el Corisco, son ya tres los casos en poco más de un año. Y los que vendrán.

Si el asunto no fuera tan dramático, uno propondría que los buques saliesen a faenar con funcionarios de inmigración y sanitarios a bordo, con seis veces más camastros que tripulantes y comida para un centenar largo de personas durante el tiempo que hiciese falta. Claro que entonces no habría sitio para la pesca y ni siquiera para la tripulación.

Pero es que así están las cosas. La falta de medios y de políticas globales de la UE en el Mediterráneo propicia el aumento de dudosas y arriesgadas travesías clandestinas de africanos hacia la mitificada Europa. Probablemente, como cree el patrón del Corisco, Antonio López, sólo se rescata a una de cada tres pateras. De las otras sólo podría hablarnos el fondo del mar. No es de extrañar, por consiguiente, que nuestros pescadores alicantinos se olviden hasta de su comida con tal de salvar todas las vidas que puedan.

Pero no es plan este fúnebre pluriempleo de los marineros de Santa Pola. En cada caso, se avistan bastantes más náufragos de los que es razonable atender. En ocasiones, algunos llegan ya cadáveres o a punto de serlo. Y, finalmente, la carencia de protocolos y de acuerdos de actuación con los países de la zona —Libia, Chipre o donde sea— convierte el trámite de acogida en algo premioso, arbitrario e impredecible que puede durar hasta semanas, como le ocurrió en su día al barco Francisco y Catalina.

Ni la función de salvamento es competencia de nuestros pesqueros, por muchas medallas al mérito que reciban a posteriori, ni el rescate de inmigrantes a la deriva debe costarle un pastón al Gobierno español, enzarzado en regateos de mercado persa con los países de partida de los náufragos.

De seguir así las cosas, puede ponerse a prueba hasta la incombustible solidaridad de nuestros pescadores. Se dice, con razón, que nadie está obligado a ser un héroe. Lo malo es que a los marineros de Santa Pola se les exige ser héroes un día sí y otro también. Alguien, en un macabro gesto de humor negro, podría sugerir que, de repetirse la historia, en vez de salir a faenar acaben adquiriendo el pescado por Internet y de ese modo se terminarán sus problemas.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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