Por la carga emocional y de identificación colectiva que conllevan, a los clubes de fútbol se les permiten actuaciones en el borde de la legalidad que nos están vetadas a los demás mortales.
Piénsese, si no, en la controvertida ampliación de la esquina del Bernabéu que Ramón Mendoza obtuvo hace 15 años del entonces alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano. O en las recalificaciones del estadio del Manzanares conseguidas en su día por Jesús Gil y en la actualidad por Enrique Cerezo.
Ni el Athletic de Bilbao está libre de polémica. Al contrario. En plena reubicación urbanística e inmobiliaria del campo de San Mamés, su presidente, Fernando García Macua, es objeto de acoso por parte del fudamentalismo abertzale, en su caso por razones que van más allá de su estricta gestión económica.
En la mayoría de estos líos, se barajan cientos cuando no miles de millones. Si en plena crisis económica, hasta la Ford o la General Motors se atreven a pedir apoyo económico a las instituciones, ¿por qué no vamos a conseguirlo nosotros, los clubes de fútbol —se preguntan los interesados—, ya que representamos los anhelos de identificación colectiva de numerosos ciudadanos?
Pues porque, salvo cuatro casos históricos —Barça, Real Madrid, Athletic y Osasuna—, se trata de sociedades anónimas, sometidas a la competencia del mercado, y con el mismo riesgo de tener beneficios o pérdidas que una ferretería o una empresa cárnica, a las que nadie les saca las castañas del fuego si lo hacen mal. Ese carácter mercantil del negocio deportivo lo ha reconocido el nuevo dueño del Levante, Jesús Serna, con una sinceridad inhabitual: “Vengo a ganar dinero”, acaba de decir.
Lo cierto es que los gestores de los equipos de fútbol lo están haciendo tan mal que 20 clubes de Primera División deben cerca de 3.000 millones y siete históricos —Celta, Málaga, Sporting, Las Palmas, Levante, Sociedad y Alavés— están al borde de la quiebra.
¿Cómo se ha llegado a esa situación?
Pues por una alocada carrera de gastos desde 1990, en el que se dejaron a cero las deudas de las entidades deportivas al transformarlas en sociedades anónimas. Confiados, entonces, en los contratos televisivos de las nuevas emisoras, muchos clubes estiraron el brazo más que la manga y por ese derrotero se han despeñado equipos otrora de Primera, como Burgos, Logroñés, Oviedo y Cádiz.
¿Y el Valencia C.F.?
Lamentablemente, el club es de los que lo tienen más crudo, tras la calamitosa etapa de Juan Soler —en la que hasta llegó a regalar a Juan Vilallonga 5 millones por sus escasas dos semanas al frente de la entidad, mientras que él no ha perdonado ni un duro del valor de sus acciones ni tampoco de la compra de un solar en Mestalla—, el efímero paso de Agustí Morera y la casi inédita gestión actual del optimista Vicente Soriano.
Lo cierto es que el Valencia C.F. adeuda unos 400 millones —superado sólo por Madrid, Atlético y Barça—, y que esa cantidad crece cada año por los intereses de los préstamos pendientes.
No es de extrañar que a un cliente tan poco solvente se haya negado Bancaja a ampliarle su crédito desde 240 hasta 340 millones. Los otros recursos de última hora, como el aval de Unibet de millón y medio por la publicidad en las camisetas, el modesto crédito de dos millones de la CAM y el avance de 11 millones por Canal 9 a cuenta de los derechos de emisión televisiva, son sólo el chocolate del loro.
Ni siquiera parece que le haya bastado la beneficiosa recalificación de Portxinos ni la generosidad de Rita Barberá con la permuta de terrenos para el nuevo estadio, de la que el Valencia C.F. aún debe 17,5 millones y 19 parcelas, amén del pleito que le han puesto los vecinos de la zona.
La madre del cordero radica en la venta de los solares de Mestalla, aún no realizada aunque Soriano afirme que ya existe un desconocido comprador. También, todo hay que decirlo, habrá de enajenar el otro único activo que posee el club: sus mejores jugadores. No nos engañemos y sepamos ya que el futuro de Villa, Silva y Mata se encuentra ineludiblemente fuera de su equipo actual.
Y es que en esta época de crisis, todos, y los clubes de fútbol los primeros, hemos de ajustar nuestros presupuestos a la realidad. Ahora que proliferan los comedores de pobres y que quiere ponerse coto a los sueldos astronómicos de los altos ejecutivos, el fútbol no puede eludir esa situación. Otros deportes, como el baloncesto de la NBA, hace años que limitaron los salarios de los rookies para amortiguar así la frenética escalada de los gastos.
En definitiva, es a los propios clubes a quienes corresponde pagar los platos que han roto. Acudir a la subvención pública, aunque sea encubierta, viene a ser un fraude a la solidaridad que estamos reclamando a otros en este tiempo de zozobra económica.
