Un amigo mío, ingeniero, ha elaborado un modelo matemático que concluye que actualmente hay en el mundo más gente que cree en Barak Obama que en el mismísimo Dios. Tal cual.
“La popularidad del presidente USA no es un fenómeno de identificación ideológica, sino más bien de fe religiosa”, arguye. “Las encuestas evidencian no sólo que la mayoría de norteamericanos aprueba cualquier cosa que él haga, sino que ya antes de ejercer su cargo resultaba el político con más tirón en casi todos los países”.
Puede ser, ya que hasta gente tan agnóstica con respecto a Estados Unidos como Rodríguez Zapatero muestra episódicos brotes de misticismo ante Obama.
Por eso mismo y puesto que los demás líderes mundiales se escudan en su carisma, concluye mi amigo, hay que desearle el mayor éxito en su lucha contra la crisis económica: “¿Te imaginas que fracase? —me pregunta espantado—. En ese caso, y dado que tiene menos popularidad que él, no podría salvarnos ni Dios”.
La suya es una hipótesis, como se ve, absolutamente inquietante.
