Estoy leyendo «Inteligencia social», de Daniel Goleman, quien alcanzó el estrellato editorial hace una década con su libro «Inteligencia emocional». ¿Recuerdan?
En su último libro lanza una atractiva tesis: estamos genéticamente diseñados para la cooperación. La competencia aguerrida es la excepción. Hemos nacido para vivir armónicamente, no para guerrear.
La tesis de Goleman recuerda aquel viejo eslogan hippy de los años sesenta: «Haz el amor, no la guerra».
Con todo, la búsqueda de una teoría que legitime la felicidad propia en base a compartirla con el prójimo ha sido recurrente en la historia y es loable. Algo nos dice desde muy adentro que nos desviamos demasiado a menudo del camino recto, de la senda natural. De ese prójimo que son los otros pero que también somos nosotros mismos. Si todos formamos un uno.
El Dalai Lama habla con frecuencia de que debemos sentir «compasión». Y la tradición cristiana -el mensaje del mismo Jesús- parte precisamente de esta premisa sencilla pero contundente: «Ama al prójimo como a ti mismo».
Daniel Goleman indaga por la vía científica y parece llegar a los mismos resultados que insignes precursores obtuvieron por la vía del misticismo.
Sugestivo libro «La inteligencia social».