Doble supuesto: que yo fallezca y que para entonces ya se haya inventado la psicoautopsia: técnica médica para identificar pensamientos y ritmos recurrentes en el cerebro del finado. Y allí descubrirá el psicoforense que me toque en suerte muchas canciones de Bob Dylan en mi cerebro…
Me he alegrado mucho de la concesión del premio Príncipe Asturias al juglar de Minnessotta. Por contra, su candidatura al premio Nobel de Literatura siempre me ha parecido un engañabobos: quien ha perpetrado la autoría de un libro tan malo como «Tarántula» no puede aspirar al distinguido cenáculo.
Otra cosa son sus composiciones musicales. No citaré los títulos que ya están en la mente de todos. Consignaré dos piezas que a mí me estimulan y acompañan y que son de más bajo perfil público: «Take a message to Mary» (tontorrona pero entrañable) y mi querido mantra bobdylaniano «Sad-eyed Lady of the Low Land», en los que basé durante mi adolescencia más de un poema.
Siempre estuve embobado con Bob. Bob, siempre Bob.