Cinco horas de espera en un moderno aeropuerto occidental dan mucho de sí.
Tal largo rato he pasado de nuevo en mi querido aeropuerto de Amsterdam, descubriendo nuevos detalles: un museo de historia, un servicio de masajistas, un Communication Centre, una sala oratorio y los más sofisticados comercios, aparte del preceptivo café «Starbucks».
Cuánta opulencia.
Una opulencia que contrasta con la mayor parte del territorio del planeta. Un contraste que se agudiza. Y muchos de los que vivimos en el redil del lujo no somos conscientes de ello.
No tengo mala conciencia por haber nacido en el lado de las grandes oportunidades. Al contrario: lo celebro como un regalo del destino. Pero me gusta recordar en todo momento las brillantes prestaciones que recibimos y lo mal que lo pasan otros en otros confines.
Ya mencioné en mi blog la anécdota del niño Malawui que -adoptado temporalmente en España- se admiraba de que abriendo un grifo saliera agua a voluntad.
Nuestro sistema acumula muchos «grifos» que damos por supuestos. Sólo reparamos en ellos cuando fallan. Estamos inmersos en una espiral de confort.
Es bueno recordarlo y sentir -si tal confort disfrutamos- una profunda gratitud por ello.