Me llama la atención la expresión de nuevo cuño “efecto curiosidad.”
Por tal denominación –no sé si es técnica o de origen periodístico- se entiende la reacción habitual de los conductores que ralentizan el ritmo para contemplar los efectos de un accidente en el carril de al lado, la intervención de ambulancias o situaciones similares.
Todos quieren mirar.
La curiosidad de los conductores, en cadena, produce embotellamientos o empeora la circulación de por sí lenta tras un accidente.
Pero dimana del más humano de los sentimientos: querer ver, querer saber, sentir curiosidad.
La más gráfica explicación de lo que es el sentimiento periodístico de la vida me la dio en mi años más jovenes el entonces director de la revista LECTURAS, Julio Bou Gibert:
-Alguien transita por la calle, cae en un hoyo y todo el mundo se arremolina y se pregunta: ¿qué ha pasado?
Saber que ha pasado. Los detalles de lo acaecido. Causa y efectos. He aquí la esencia del periodismo.
Es ese sentido primigenio de la curiosidad el que constituye los cimientos de la vocación periodística: sed de calle, de ver lo que pasa para explicarlo y satisfacer la ilimitada curiosidad del público.
Ser para ello uno más entre tantos. Pero con una misión diferencial: satisfacer la curiosidad ajena. Vivirlo para contarlo.