En los años setenta se puso de moda la expresión «fútbol total», alusiva a que todos hacen de todo y lo hacen muy bien. Holandeses y alemanes dieron muestras brillante de este nuevo estadio de la excelencia en el balompié.
¿Pero hay algún club de fútbol que haya conseguido la excelencia suprema? ¿Algún Club practica organizativamente la gestión total?
Sin ánimo de parecer presuntuoso ni fanático de lo propio, el gran reto que el FC Barcelona se podría fijar en estos momentos es el de aspirar a ser durante una década (10 años es mucho tiempo) el paradigma organizativo de un club de fútbol a la vez que principalísima marca global del planeta.
Aquel sarcasmo del ex presidente Núñez («Barcelona como ciudad lleva el nombre de su club de fútbol») no está tan lejano de la realidad. La épica contemporánea se mide en el terreno de juego. Los medios de comunicación la entronizan.
En mi reciente viaje a Panamá llegué a encontrar en una zona relativamente deprimida hasta tres niños que me saludaban enfundados en la camiseta del FC Barcelona…
Si el club tuviera la grandeza de miras de auditar con precisión lo que ha conseguido en el terreno deportivo, debiera lanzar un gran programa de gestión para que la administración interna estuviera a la par. No lo está a fecha de hoy.
La magnífica gestión del talento llevada a cabo en la Masía es de manual.
La decisión de optar por lucir el logo de la UNICEF y pagar por ello fue de una lucidez digna de encomio.
El gran obstáculo que tiene el club para ensanchar su grandeza es la fuerza irritante pero irredenta de los personalismos.
¿Quieren ver el nacimiento de una institución planetaria, competitiva y respetada? Me produce escalofríos ver la gran oportunidad que tenemos ante nuestros ojos y al mismo tiempo pavor un viejo fantasma antropológicamente tan nuestro: el afán autodestructivo.