Llueve y subo por ello en el autobús 34. Diagonal de Barcelona. A mi lado una mujer sexagenaria. De rasgos morenos, nada eslavos. Pero habla por el móvil en ruso con un acento angelical. Muy puro. Me siento inmerso en su charla.
No entiendo buena parte de las palabras pero en cierto modo lo entiendo todo. Es como si la lengua rusa tuviera una longitud de onda que es la mía. Siento conmo si lo entendiera. Como si lo sintiera. Como si esas palabras fueran de mi acervo.
Quizá fui rusohablante en otra vida. No lo sé. Pero la mujer se apea del autobús y yo de su conversación con la grata sensación de espacio compartido.
Piso el asfalto barelonés con la misma prestancia que si estuviera en Moscú.
Lo entiendo. Pero que alguien me lo explique.