Rugen las masas: mañana se acaba FITUR y sábado y domingo el certamen abre sus puertas al público en general. Quedan atrás las tres jornadas preceptivas «sólo para profesionales del turismo».
Y me da por rememorar aquellos tiempos en que yo era «importante»: mi stand, el de la cadena RIU Hotels & Resorts, se llenaba de personas (con cita o sin cita) para verme, halagarme y venderme todo tipo de servicios.
Dejas el puesto y las colas desaparecen. Es una gran lección de vida por la que todo directivo debiera pasar si aspira a madurar.
Recuerdo el caso del editor de una revista turística que lloraba su mal fario e imploraba una inserción publicitaria. Se le ayudó. Con los años prosperó y desde entonces trastocó su servilismo en el si te he visto no me acuerdo.
Otras personas, por el contrario, mantienen la afabilidad de siempre. Sabes que puedes contar con ellas en todo lo razonable y a veces incluso un poco más.
Es una gran experiencia haber sido «importante» y dejar de serlo. Ves la vida en estado puro, el juego de dobleces en que se convierte el mundo de los negocios.
Pero es también un gran alivio, una liberación no atender a la famélica legión de los pedigüeños, gremio que crece exponencialmente a la par que aumenta nuestro éxito directivo.
Ay de los pedigüeños. Se les detecta a una legua. Forman parte del paisaje de la feria de las vanidades.
Y algunos son francamente divertidos. Ridículos pero divertidos.