Aterrizo en la Rambla barcelonesa. Presenta una belleza supina.
Me sorprende una alegre comitiva con banderas al viento. Cantan con gozo y exclaman «¡Aleluya!» con profusión. Son católicos de los Balcanes: de Croacia, Bosnia-Herzegovina y territorios adyacentes.
Han llegado a Barcelona en tránsito a Madrid para ver al Papa.
Dejan una estela de alegría a su paso, de felicidad amable y sin cortapisas.
Y son muchos.