No lo duden: quien premia, se premia.
Siempre ha sido así y siempre lo será. Porque quien premia se atribuye la posicíón moral de juzgar al otro. De manera que cuando adjudica el premio, él se incluye en él porque tácitamente está recordando su posición preeminente, de repartidor de prestigio. «Yo te premio porque me permito evaluar tus méritos», vienen a decir. El premiado queda así subordinado al criterio del evaluador.
No les quepa duda: quien premia, se premia. O cuanto menos, lo intenta.
De ahí que muchas instituciones, que han perdido prestigio a borbotones, intentan recuperarlo premiando a terceros. Una pura vampirización: a cambio del premio succionan el prestigio ajeno.
O al menos lo intentan.