Leo un reportaje en el suplemento dominical El Magazine sobre aquellos que han optado por vivir sin teléfono móvil. Los presentan como una minoría cuanto menos excéntrica, eventualmente contestataria. Son noticia por eso: van contracorriente…¡no tienen móvil!
Me percato de que yo estoy muy próximo a ser uno de ellos…
Efectivamente: cada vez soporto menos el ambiente que se crea cuando los móviles se cuelan en los momentos más inoportunos. ¿A santo de qué hemos de dar prioridad a alguien que llama de lejos?
Hemos desarrollado un especie de tic nervioso que nos hace estar subordinados al dictado del móvil. Las llamadas intempestivas reconfiguran nuestra agenda cuando muchas veces las noticias que nos aportan se refieren a temas menores.
En lo que a mí concierne cada vez me molestan más las interrupciones de los móviles. Considero mi tiempo precioso (y -por ley de vida- cada vez más escaso). No quiero que el dichoso aparatito me dicte las prioridades. Por otro lado, es un coste económico que se hace enojoso en tiempos de crisis galopante.
Otra cosa es estar atento a los requirimientos de los demás y de manera periódica consultar los mensajes, tanto del buzón de voz, como los SMS o aquellos mensajes enviados a nuestra dirección de e-mail. Me encanta dar respuesta rápida a aquellos que necesitan algo de mí. Sin embargo, aprecio también poder estar concentrado en mis tareas, muy principalmente leer y escribir.
De manera que mi móvil va también de capa caída. Paso muchas horas en mi estudio y en bibliotecas, lo que me proporciona muchas oportunidades para contestar por ordenador, con la ventaja de que mis respuestas quedan documentadas.
Me inspiré en el aprendizaje de esta técnica en el escritor Francesc Torralba, esquivo usuario del móvil pero rápido contestador de e-mails. ¿Tal metodología es la que le permite publicar tres o cuatro libros al año?…
Algo debe de influir en ello ya que saber organizarse y no confundir lo urgente con lo importante es una de las claves de la gente altamente efectiva.