¿Qué le debe de pasar en estos momentos por la cabeza a la infanta Cristiana? ¿Con qué ánimo puede acometer labores sociales y hacerse fotos junto a menesterosos tras saberse públicamente los presuntos desmanes de su cónyuge?
¿Con qué animo pueden los directivos de Caixabanc mantener en nómina -millonaria nómina- a una Infanta salpicada por un escándalo de turbulentas proporciones? ¿Con qué aplomo pueden hacer lo propio los directivos de Telefónica que financian el sueldo de un´consorte expatriado en Washington, un ángel caído a los ojos de la opinión pública?
Son preguntas que me hago al mismo tiempo que me apena -e irrita- la malversación de prestigio de la escuela de negocios, ESADE, que dio alas a la ambición desmedida de un supuesto deportista ejemplar reconvertido en piltrafa pública. Todos los que estamos vinculados a esa escuela pasamos a estar estigmatizados por este asunto. Imperará la ley del silencio (el nuestro es un país pequeño y pacato) pero el libre pensamiento atraviesa todo tipo de muros y agita las conciencias. Tarde o temprano.