Esto es a lo que se asemeja la barcelonesa calle de Rocafort entre Córcega y Rosellón, en los Jardines Montserrat: una calle caribeña. Pasadas las siete de la tarde los bancos se llenan de latinoamericanos que debaten sus cuitas y se entregan al inmemorial deporte de observar a quien pasa.
Es una estampa muy fehaciente de la Barcelona de 2013, del agosto de la Izquierda del Ensanche, de los cambios sociales de esta urbe y de ese tono pálido, desdibujado, de legión de gente desquehacerada con que nos marca la crisis: la pobreza de unos y la austeridad de otros.
Con todo, es una estampa que tiene su encanto: los mozalbetes que juegan a pingpong, las cuidadoras que pasean al enésimo envejeciente, las dependientas que se cuentan sus amoríos. Como si de un rincón céntrico de la ciudad mexicana de Mérida se tratase o un pueblo del interior de Panamá. Esta es la nueva Barcelona, el Macondo layetano.
Mientras, los jardines parecen más exuberantes ante un cielo plomizo que se resiste a llover. Esta Barcelona también tiene su realismo mágico. (Sólo hay que detenerse y observarlo).