Llevo ya una quincena enfrascado en el estudio de la lengua sueca. He dejado ya atrás 20 horas de clase en el Institut Nòrdic de Barcelona y tengo la certeza de que este nuevo idioma también caerá en mi ya amplio bote de saberes lingüísticos.
Me mueve a verlo así la clara facilidad que me otorga estar ya bregado en las lenguas inglesa y alemana así como el gran interés que me suscita el país, lo cual constituye un factor altamente motivador para el aprendizaje.
No es necesario el dominio del sueco para desenvolverse en los países escandinavos pero es bien cierto que es una vía preciosa para adentrarse en su cultura. Mi hija mayor se desplazará en breve a vivir en Estocolmo y yo tengo la ilusión de enraizar allí a través de mis saberes profesionales como consultor, profesor y conferenciante.
Suecia es para mí una tierra mítica. Políticamente hablando era el modelo de país que muchos queríamos para Cataluña ya en los años setenta. El paso del tiempo ha evidenciado que hay una gigantesca diferencia cultural entre ambas sociedades pero bien está que nos fijemos en el norte para aprender aquellas cosas nobles de las que en el turbulento sur hicimos dolorosa dejación.