NPI de Música

Si les gusta la música, les gusta leer y quieren reírse y pasar un buen rato háganse un favor y compren el libro NPI de Música, cuyo autor es mi colega de profesión Joaquín Rodríguez que, casi en otra reencarnación, fue el bajista de Los Nikis, grupo que tuvo mucho éxito allá por la época de La Movida Madrileña, con mayúsculas.

Por cierto, Joaquín -que es el de la derecha de la foto- es un tipo cojonudo, se lo digo yo, que empezamos a trabajar en la misma empresa a la vez hace muchos años y allí nos conocemos todos.

Joaquín no tiene ningún complejo en admitir sus limitaciones como músico y las de sus compañeros, y lo hace con mucha gracia en un libro en el que la autoflagelación es muchísimo más fácil de encontrar que el autobombo, que la verdad es que no existe. Tanto es así que no sorprende leer que Los Nikis se sortearon los instrumentos y que a Joaquín le tocó el bajo. Sin saber ninguno de ellos lo que era un conservatorio cada uno hacía lo que podía con las dotes musicales que Dios le había dado, y vistos los resultados no sólo no les fue nada mal sino que se lo pasaron DPM, que es lo más importante.

NPI de música está plagado de chascarrillos y de anécdotas divertidísimas y también de recomendaciones y consejos vitales para poder triunfar en el rock mundial destinadas a aquellos que se están planteando lanzarse al estrellato. Algunas de esas recomendaciones vienen en forma de youtube, que es importante que vean ustedes si quieren llorar de risa como es el caso en esta lección magistral -la primera de tres- del guitarrista Miguel Costa de Siniestro Total: https://youtu.be/aK9o8p9-ZcU . Para cualquier Jimmi Hendrix en potencia son impagables las tres lecciones, de verdad, no se las pierdan.

Así que no le den más vueltas al regalo de Reyes y verán lo bien que so lo pasan leyendo y lo bien que quedan regalando NPI de Música. Que lo disfruten y que tengan un feliz año.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Enrique Zubiaga

Nací en Bilbao y soy vasco -y por lo tanto español- por los cuatro costados.

Con 20 años decidí seguir los pasos de mi abuelo, un pionero de la aviación que apareció en Guecho, Vizcaya, en su artefacto volador procedente de Biarritz en el año 1913... y no llegó a la playa, donde le esperaba la banda de música y todo el pueblo. Mi abuelo se fue al agua (que fallara el motor era bastante normal en aquellos tiempos) y llegó a la playa en un bote, con un queso que traía de Francia para mi bisabuela. El capó de su avión, con el agujero por donde reventó un cilindro, lo doné recientemente al museo de la Fudación Infante de Orleans, que con enorme mérito se dedica a restaurar aviones antiguos.

Mi abuelo voló hasta los ochenta años y yo sólo llevo volando 34. Actualmente soy comandante de una compañía aérea, pero para llegar hasta aquí tuve que emigrar y trabajar muy duramente: estuve seis años en Estados Unidos y México.

En EE.UU. enseñó a volar a mucha gente, incluida mi mujer, pero antes fregué platos, aparqué coches, trabajé de camarero y también de cocinero, con bastante éxito por cierto, en un restaurante vasco de Miami y en un hotel de Carolina del Norte.

También volé el reactor privado de un millonario en México, donde nació mi hija mayor.

Ya de vuelta en Bilbao di clases de vuelo, remolqué carteles de publicidad aérea, hice fotografías y rodé películas desde una avioneta, para acabar encontrando trabajo en una compañía charter a la que vi quebrar poco después... y vuelta a empezar.

En treinta años he vivido en Menorca, Florida, Monterrey, Carolina del Norte, Bilbao, Mallorca, Madrid... Toda la vida con la familia de un lado para otro y con el petate al hombro.

Lo más leído