Tienen que cantarla con la música del “Y viva España” que inmortalizó entre nosotros Manolo Escobar, forofo barcelonista para deshueve general, y verán qué bonita queda. Sólo hay que sustituir “Y viva España”, en español, por “I puta Espanya”, en catalán, la hermosa oración que dejó para la historia el fallecido Rubianes, aquel bufón de señoritos de la izquierda fina que llamó muertos de hambre a todos los españoles y espetó lo de “que se metan España por el culo hasta que les estallen los cojones”, con el aplauso de la actual ministra de Defensa de España, Carme Chacón, y su inmarcesible “Rubianes somos todos”.
Que esto se cantara (na, ni, na, ni, na, ni, na, no… I puta Espanya…) en la grada de Mestalla por grupos de seguidores catalanes, mientras otros sesenta mil vascolanes daban la espalda al himno, se bajaban los pantalones y mostraban sus culos culés (lo que podría traducirse como culos culeros, pues ‘culer’, el original catalán, se traduce literalmente por ‘culero’, y en catalán da una pareja homónima: seguidor del Barça y sodomita, v. l’Enciclopèdia catalana) contra España y los españoles, fue el verdadero diagnóstico sobre el estado de la Nación que Zapatero ha impulsado en estos años, y no el vergonzoso paripé que durante dos días había tenido lugar en unas Cortes lejanas.
Hay un pequeño debate abierto sobre si la bochornosa censura con que TVE nos negó el espectáculo ha sido una actuación individual del jefecillo cesado, o si, como todo indica, había pánico en el Gobierno socialista a que fuera visible, audible, patente, inocultable, con el rey desnudo por testigo, el resultado de las políticas de la España plural con las que ZP ha intentado comprar al nacionalismo (la negociación con ETA y el Estatut nazional para Cataluña),
consiguiendo exactamente lo contrario: el envalentonamiento de los matones, de los chulos y los malcriados que la triste historia de esta España cobarde ha logrado multiplicar hasta arrodillarse ante ellos. Este es el “Más unidos que nunca” que el profeta ZP nos regaló como predicción de su Reich imperial.
Algunos intelectuales catalanes, de los escasos disidentes que allí quedan, Espada, Girauta, Domínguez, han coincidido en apoyar la censura con el argumento de no permitir la buscada publicidad de los cafres. Pero se equivocan porque su mirada está condicionada, allí todos conocen esa verdad que el Régimen niega. Pero en España era necesario que se percibiera, de una vez, la realidad de ese movimiento neonazi que se fundamenta en el odio a España y a cuanto la represente. Sólo así, quizás, con el griterío, los cortes de mangas y los insultos, puede que España despierte de la dieta de morfina en que se la tiene desde hace treinta años, desde que la celebrada Constitución estableciera diferencias entre los españoles según donde hubieran nacido.
Por eso, “se non è vero, è ben trovato”, o sea, lo más verosímil resulta pensar en que el Gobierno haya pasado de la negación de la realidad a su directa censura, que es, al fin, sólo una muesca más en el haber de un ZP que se considera legitimado para decirnos cómo vivir, cómo beber, cómo comer, cómo follar, cómo pensar y, por supuesto, qué podemos o no ver. Afortunadamente, esa manipulación se ha vuelto contra ellos y el escándalo ya nadie puede ignorarlo. Ahora, el mundo entero ha sabido de esa verdad.
España es hoy una perra apaleada a la que los privilegiados pueden insultar, mortificar y maltratar en la más absoluta impunidad. Los cuatro millones de parados, la impotencia de unas instituciones podridas y ajenas al pulso real de los españoles, el desvarío que hace imposible cualquier medida de regeneración contra las castas locales, el curioso resentimiento inverso que se vuelca desde los territorios ricos contra los pobres, la desvertebración de un país centrifugado tuvieron aquella noche su fiesta en las gradas vasco-catalanas del viejo Mestalla. Fue la apoteosis del recochineo, del puteo ya secular con que la gentuza nazionalista viene tratando a la, en efecto, desdichada y “puta Espanya”.
Sorprende, sin embargo, que un país donde el maltrato es perseguido como una de las conductas más viles de un ser humano, no haya caído todavía en denunciar y combatir la arquetípica situación de maltrato que aqueja a la nación española por parte de sus proxenetas nacionalistas. España es explotada comercialmente, despreciada, ofendida y humillada por quienes, en un caso, viven subvencionados gracias al concierto económico, tras dejarnos treinta años de terror y miles de víctimas; y que, en el otro, gozan de un supuesto hecho diferencial que les reconoce superiores, hasta obtener constantes prebendas desde hace más de un siglo, visualizadas, si falta hiciera, en el tontucio debate de estos días atrás, con la presencia de hasta tres portavoces catalanistas pidiendo, amenazando, extorsionando a unos españoles anestesiados y sin voz. Sólo la señora Rosa Díez, en sus escasos minutos, pareció hablar en nombre de España.
Y si hay algo que confirma cuanto digo ha sido, una vez más, la respuesta. No comprendo, en primer lugar, por qué se ha criticado a Violeta Santander, la defensora de su agresor contra quien la protegió, Jesús Neira, uno de los últimos españoles decentes, pues miles de ‘violetas’ se lanzaron a las calles de España el miércoles por la noche a celebrar los goles de los que dos horas antes les habían escupido y ultrajado. Como ese Piqué que se paseó por el campo con una bandera independentista y mañana acudirá a poner su culo culé en el banquillo de un equipo llamado España. O la rauda y afilada reacción de Rajoy, que, en vez de echarse a la yugular de un ZP que se había estado descojonando de él desde la tribuna del Congreso, no ha encontrado mejor salida que disculpar lo ocurrido y atribuirlo a unos pocos. Nada revela mejor la naturaleza del Régimen que el hecho de que la oposición colabore en negar la realidad.
En fin, eso es el totalitarismo (el nazifascismo, el social-comunismo, el islamismo), en las naciones y en las parejas: la resignación, el desistimiento del humillado hasta hacerle creer y confesar que es, en efecto, el culpable de la violencia que se ejerce sobre él, de la villanía con que se le trata. Hasta llevarle a festejar a su maltratador.
Yo, qué quieren que les diga, no nací para maltratar ni para ser maltratado. Es hora de mandarlos a hacer pijos y vivir en paz. Sin conflictos. Como Chequia y Eslovaquia. Y que sigan en Europa, nada de amenzas ni de cerrar puertas. Hay demasiada buena gente allí, que bastante sufrirá con tener que dejar de ser españoles. Que al menos sigan siendo europeos. Vayan ustedes con Dios y no vuelvan. Eso sí: una sola vez. La próxima que vengan con Països catalans y Euskalherrías habrá que hablarles de otra manera. No sé si me explico. Hasta la mansedumbre tiene un límite.
Decía Ortega que el catalanismo no tenía solución. Es hora de dársela, de ser valientes, de no seguir ignorando la evidencia: no se puede mantener unidos a quienes no quieren estarlo. Ni es ya soportable esta infamia. Es necesario plantear seriamente un referéndum de independencia de Euskocatalunya en que se nos pregunte a todos, claro, que es lo democrático. Que seamos iguales por una vez. De todas formas, lo tienen ganado, porque los españoles votaremos a favor de que se vayan. Creo, de verdad, que todos ganaremos.
Y que se lleven a ZP: podría ser un formidable presidente de la República Plural de Galeuska. Y si quieren, que se lleven también al Rey. Para lo que ha defendido a la nación que le paga y a sus símbolos, no necesitamos ningún rey.