Un cinturón de castidad para el PSOE

Lograr que el PSOE vuelva a ser un partido español. Esa debería haber sido la estrategia. El gran peligro para la continuidad de España reside en la alianza creciente entre la izquierda post-zapatera (también Podemas y Errejón y Carmena y Garzón y tutti quanti son zapaterismo) y quienes persiguen la disgregación nacional. Y la única solución es que el PSOE se rehaga sobre la idea más progresista que la modernidad nos ha traído: la ciudadanía, frente al identitarismo étnico que anida en los nacionalistas españoles de toda la periferia centrífuga, y frente a todo colectivismo.

Es decir, la idea de la condición política como referente esencial de las personas, la defensa de los derechos individuales, el respeto al espacio público para que no sea propiedad exclusiva de nadie, el derecho a elegir como se quiere vivir, siempre que ello no vaya contra ese mismo derechos para los demás. No se puede consentir que ni nacionalistas ni otros grupos sociales se adueñen de la calle. Y ya sólo nos faltaba que los homosexuales, que siempre fueron gente abierta y tolerante, y que contaban con toda la simpatía y el afecto de quienes aman la libertad, se conviertan en una nación de lazis al modo separatista y crean que pueden prohibir la presencia en las calles a quienes ellos decidan.

El gran peligro para la democracia es, por tanto, que se nos reduzca a todos a miembros obligatorios de algún ‘colectivo’, sea étnico-lingüístico, social, sexual o religioso. La Constitución se hizo precisamente para superar eso. Y ahí es donde la izquierda hace mucho que dejó ser la fuerza emancipadora que aún se considera a sí misma. Acontecimientos muy recientes reiteran este desvarío del socialismo antaño español: la entrevista a Otegui, y su afirmación impune sobre el derecho que tenían a hacernos daño a los demás en nombre de una supuesta raza superior; la revelación de que entre los planes del nazicatalanismo estaba la expulsión de los funcionarios que no fueran de origen catalán; o la confesión de la socialista Chivite de que el nuevo gobierno de la comunidad foral tendrá como objetivo primordial la ‘euskaldunización’ de Navarra.

El palabro significa en español llano la imposición, al modo en que se ha venido realizando en el País Vasco, Cataluña, Baleares, Galicia, Valencia y hasta en la Franja aragonesa (siempre y en todas partes con el apoyo o la dirección socialista), de una lengua minoritaria, en este caso el vascuence, sobre la lengua común y mayoritaria, el español. No se trata, pues, de salvar un instrumento de comunicación, sino de todo lo contrario: de exclusión de los no hablantes y, por tanto, de identificación de la clase dominante: los ‘euskaldunes’ (hablantes nativos de vascuence, más exactamente euskaldun zaharra o euskaldunzarra, vascohablante viejo); y los ‘euskaldumberris’, vascohablantes nuevos, por aprendizaje, no tan ‘puros’, tan de raza, pero tolerables por asimilación y por adhesión política demostrada al proyecto nacionalista. Un solo dato: los vascohablantes de Navarra son el 6%. Y con la lengua va la ideología. Una vez que  hayan conseguido aumentar el número de ‘euskaldumberris’, entonces sí se podrá llevar a cabo sin apenas resistencia la incorporación al País Vasco y la construcción de la Euskalherría feliz y antiespañola en la nueva Europa neomedieval. Esto es lo que llaman un proyecto ‘progresista’: volver al Medievo y, encima, a un medievo inventado, porque el romance es la lengua de cultura de los vascos, y mucho más de los navarros, desde hace ochocientos años.

Al PSOE no hay que ponerle un cordón sanitario frente al centroderecha. Lo que hay que hacer es colocarle un cinturón de castidad contra las PODEMAS de autodeterminaciones a la carta y la balcanización subsiguiente, y contra los nacional-separatistas, que son todos (otro engaño: no hay nacionalistas que no sean, siempre, separatistas como proyecto final). Lo que debería haber hecho Ciudadanos, que vino para rescatar la idea de España como gran espacio de progreso y democracia, era haber pactado, sin remilgos de ursulinas, con las derechas en todas las regiones, haciendo de contrapeso a las comunidades separatistas; y, a la vez, haberle ofrecido a Sánchez una coalición de gobierno para España que nos devolviera la posibilidad de un PSOE como el que alguna vez fue antes de Zapatero. Controlarlo desde el Gobierno o, al menos, haber desnudado ante los españoles las verdaderas intenciones de Sánchez. Están a tiempo.

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