Se escucha un fogonazo en los ojos

Se escucha un fogonazo en los ojos

SE ESCUCHA UN FOGONAZO EN LOS OJOS.

Por Juan Pablo Mañueco, para Periodista Digital, España, a 3 de marzo de 2018.

SIEMPRE ES HORRIBLE, ESPELUZNANTE y execrable, pero más cuando sabes que ese hecho pavoroso y repulsivo va a ocurrirle a una mujer que no llega a los treinta años, Adia A., y a una niña, su hija, Faraha, que ni siquiera alcanza los siete.

Ni la una ni la otra habían hecho nada para merecer un final así. Pero eso iba a ocurrir al amanecer de un día nevado, en una de las montañas de Kenia, ya cerca de Uganda, donde las tierras son tan feraces como las nieves caen de forma inesperada.

Y donde el lago Victoria y el río Nilo son las únicas noticias que suenan, aunque sólo sean como eco de unos nombres, ante los oídos más atentos de los habitantes de Europa.

-Tú, Ngugi N., te ha tocado hoy hacer el primer servicio del día. ¡Arriba, haragán, que es hora y tiempo para que trabajes!

-No puede ser. Aún no hace dos horas que me he acostado.

-Llevas más de cinco tumbado en el catre. Demasiado para ser miembro de una de las compañías más laureadas de todo el regimiento. O te levantas o al calabozo, tú decides.

Ngugi N. abrió los ojos y vio que al otro lado del barracón estaba nevando.

Los copos se desplomaban como una porción de cielo que se desprendiera blanda, despeñándose desde lo alto igual que un río sin otro rumor que el de unas breves alas.

Quizá Ngugi N. hubiera permanecido unos segundos más viendo el planeo sedoso y uniforme de la nieve mientras caía al patio del barracón, porque era un espectáculo sedoso y manso que gustaba de ser contemplado, como primera gala con la que quería vestirse el día.

Pero no hubo lugar para ello. El vozarrón del mando repetía su precepto.

“Ayer por la tarde tuve que llevar a unos cuantos al tribunal -pensó-, entre ellos a una mujer llamada Adia A. y a su hija Faraha. Hoy, ya sé la tarea que me sobreviene. Son cosas concatenadas por la rutina. Llevamos así muchas semanas”

Tampoco dijo nada. Porque al que iban a fusilar no era a él.

Definitivamente, no era adecuado mascullar ningún signo de contrariedad. Aquel invierno había comenzado crudo: los descontentos pagaban con el calabozo si algún superior decidía descargar su cólera o malhumor.

El mando seguía despertando al resto de la tropa que debía cumplir su misión de aquel día:

-¡Arriba tú, incompetente! Es hora de que sirvas a quienes te dan de comer.

Ngugi N. se apresuró a aplacar a aquella garganta atronadora.

Sus compañeros seguían remoloneando en los camastros, haciéndose los adormilados, con tal de no escuchar órdenes que les desagradaban.

“Definitivamente”, meditó Ngugi N., mientras se ataba las botas y se ajustaba los botones del uniforme, “el ser humano no es tan malo. A nadie le gusta formar parte de un pelotón de fusilamiento”.

“El ser humano no es tan malo, como los actos que a veces tiene que cometer”.

“Ésta es la prueba. Nunca hay voluntarios para formar parte de un pelotón de fusilamiento”.

Miraba por el ventanal los grupos de soldados que montaban guardia y que se habían acercado a una lumbre de leños que ardían en el centro del patio.

Se apretaba el cinturón cuando se dijo:

-Dormimos cuando podemos, comemos lo que nos dan, hacemos lo que nos mandan, detenemos a quien nos ordenan, lo llevamos al tribunal que nos indican, fusilamos a quien nos ponen delante del paredón. ¡Y el resto del día cantamos que luchamos y lucharemos por la libertad…!

Y añadió:

-La libertad debe de ser algo para mañana, porque ningún día la he visto formar al lado de ninguno de nosotros.

Ngugi N. terminó de hebillarse el cinturón, y después se fue hacia el patio nevado, con el fusil que había limpiado la tarde anterior.

El fusil se guardaba en un pasillo interior del barracón. Sin balas. Ningún soldado debía pensar más de la cuenta por la noche y saltarse la cadena de mando. Antes de saltarse la tapa de los sesos también. Si se terciaba.

Ngugi N. fue a juntarse con sus compañeros que hacían guardia junto a la lumbre de troncos y leños, en el centro del patio.

Cuando se completó el pelotón, a Ngugi N. y a los demás les llevaron en un camión, ya con las balas del cargador dentro de los fusiles, a las tapias del cementerio.

Aún no había amanecido, y nevaba; pero había claridad suficiente para distinguir las sombras negras que caminaban cerca de las tapias. Avanzaban. Algunos se quejaban. Otros temblaban.

Otros, ni eso. Simplemente caminaban, sabiendo que si se detenían recibirían antes el sabor de unos cuantos culatazos y una ración incontable e ilimitada de balas.

Mientras hay vida, hay esperanza.

Algunos casos se habían dado de condenados a muerte, que, en el último momento, habían sido separados del pelotón de los convictos y penados.

-¿Eh, tú? El cuarto por la cola. ¿Es que no oyes?

-¿Quién yo?

-Tú, sí. ¡Quién va a ser! ¡Yo a ti te conozco! ¡Tú no deberías estar ahí! ¡Sal inmediatamente de esa formación!

La esperanza es lo último que se pierde.

Está ocurriendo lo peor y aún no puedes creerlo.

Así es el ser humano.

Pero aquella madrugada nada de eso ocurrió.

Había llegado el alba, apenas. Blanca, lechosa, nevada. Pálidamente cana.

Y ya los dos pelotones estaban formados junto a las tapias del cementerio. Por fuera, no en tierra sagrada.

Por una parte, el grupo de los soldados, con todos sus pertrechos y frío en el alma, y hambre y hielo en el cuerpo. Pero obedientes al mando.

Ngugi N. vio enfrente de ellos, entre el pelotón de quienes iban a fusilar, a Adia A., la mujer de treinta años a la que había ido a buscar a la prisión la tarde anterior, para llevarla ante el Tribunal que debía juzgarla.

Ngugi N., estaba seguro de que Adia A., que en la lengua suajili significa “regalo”, no había hecho nada para que estuviera a punto de entregar su vida frente al paredón del cementerio… No era buen regalo el que iba a recibir Adia A.

Ngugi N. estaba seguro incluso de que a Adia A., no le había dado tiempo en esta vida para hacer mucho más que ser madre de Faraha, la niña de unos siete años a la que ahora afortunadamente no veía con ella.

Pero sí pensó en la niña Faraha, que la víspera se había agarrado a la falda de su madre, para que nadie se la llevara.

Faraha, la niña -qué hermoso nombre para una niña, podría traducirse por “alegría” y “felicidad”-. ¿Dónde estaría ahora Faraha, cuando iban a fusilar a su madre?, ¿cuándo él, Ngugi N., iba a fusilarla? ¿Qué alegría iba a disfrutar aquella criatura de por vida?

Ngugi N. no dejaba de mirar a Adia A, que también le miraba a él, aún con la expresión atónita, boquiabierta y admirada.

Ngugi N., seguía preguntándose dónde estaba la verdad y la libertad, en aquella blanquecina, blancuzca, lactescente y nívea fría mañana congelada.

Ngugi N., eligió a Adia A., entre todos los que en el pelotón cercano a la tapia del cementerio le miraban. Observó a la mujer por encima de su punto de mira. Aún estaba boquiabierta, como quien no comprende nada.

En ese instante, el jefe del pelotón gritó:

-¡Fuego!

Fuego, en aquella horrible, fría, gélida, glacial mañana… ¡Fuego!, le gritaban.

Ngugi N., pensó por un momento girar su fusil hacia aquel que tal orden daba… Fue un instante sólo. Un relámpago de libertad que cruzó por su mente.

Pero la cordura volvió. Sin duda no era la primera vez que una idea como esa le había pasado por la mente a alguien cuya primera función del día era acercarse hasta alguna tapia, de alguna tierra, a primera hora de la mañana, y allí fusilar a quien se le presentara.

La orden había venido desde atrás. Los jefes sabían los recovecos de la razón humana en aquellos instantes, y buscaban el refugio de atrincherarse por detrás del pelotón, no fuera que alguno llegase hasta el límite de lo que podía soportar y se rebelara. En busca de la libertad, se sublevara.

Ngugi N., no hizo eso… Oyó la orden que le estaban dando, y mirando por su fusil a Adia A. levantó el dedo del gatillo y lo dejó al frío aire de la gélida mañana.

Sí escuchó la detonación de la salva de sus compañeros de pelotón…

La descarga le hirió en la mirada, sus ojos la sufrieron casi tanto como quienes estaban al lado cercano de la tapia. Fue un fogonazo de atroz desolación en la neblinosa y nivosa mañana.

Yo, por mi parte, tengo que enviar urgentemente mi crónica a Europa, para que se sepa lo que está ocurriendo en tantos lugares ignotos del planeta… En África, en Oriente Medio, en Asia, en América del Sur, en Centroamérica y más al norte del continente americano, en Oceanía, incluso en algunos lugares de Europa

Es preciso salvar a otras Adia A., para que no sean fusiladas al borde de la tapia de ningún lado, por la mañana. Es preciso salvar a la niña Faraha.

Juan Pablo Mañueco

https://www.youtube.com/watch?v=HdKSZzegNN0

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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