La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

La magia del alma portuguesa

¿Qué diablos hago yo aquí?, se preguntaba Juan a sí mismo mientras daba tumbos por la noche lisboeta. Veía luces y sombras, todo giraba a su alrededor. Estaba borracho. Muy borracho. No sabía adónde ir ni qué hacer. Se encontraba realmente mal. Tres días antes había llegado a Lisboa con Marta, su novia de toda la vida. Llevaban un tiempo mal y pensaron que lo mejor sería pasar unos días juntos alejados de todo y de todos. Y qué mejor destino que la maravillosa puerta de salida del Tajo al inmenso océano.

Los dos primeros días no les había ido del todo mal. Habían visitado Belem, el castillo de San Jorge, la Alfama… y habían hecho varias veces el amor. Sin embargo, la notaba fría. Algo le pasaba y tenía que saberlo. Después de comer fue a besarla y ella, instintivamente, le rechazó. Cansado ya de una situación insoportable, se lo preguntó directamente. No recordaba cómo se lo había dicho exactamente. Sólo sabía que desde entonces tenía una imagen fija que le golpeaba en la cabeza: la de su novia en la cama con Pablo, su mejor amigo. Llevaban ya tres meses acostándose a sus espaldas.

Varias horas después aún pensaba en ello cuando se adentró en Barrio Alto y en busca de más alcohol llegó a la puerta de algo parecido a un bar. En la puerta, un rótulo titulaba: “Club de…”. Su avanzado estado etílico le impedía terminar de leer la frase. Sin embrago, se sorprendió a sí mismo entrando en lo que pensaba que era un club de alterne. Siempre había criticado a los hombres que frecuentaban estos sitios, pero su odio por Marta le empujaba a estar esa misma noche con otra mujer, a hacerle lo mismo que jamás le volvería a hacer a ella… o a sentir una vez más aquello que ella nunca le volvería a hacer sentir.

Entró en un salón viejo, algo destartalado y que desprendía un aroma que mezclaba lo añejo con lo húmedo. Se quedó parado en la entrada, sorprendido. En vez de mujeres semidesnudas en una barra lo que había era un conjunto de unas treinta personas cenando en varias mesas. No, definitivamente aquello no era lo que buscaba. Entre avergonzado y arrepentido, se giró en dirección a la salida. Pero cuando ya estaba próximo a la puerta, la luz se apagó y dejó todo el local en penumbra. Extrañado, se dio la vuelta y se quedó helado. Delante suyo, iluminados por un único foco, estaban los ojos verdes más penetrantes que jamás le habían traspasado. Una belleza morena y frágil paró el tiempo. Los vapores del alcohol desaparecieron instantáneamente. Le miró. La miró. Y cuando parecía que le iba a hablar, sonó una especie de guitarra y ella comenzó a cantar así:

Desespero
Tenho por meu desespero
Dentro de mim
Dentro de mim o castigo
Eu não te quero
Eu digo que não te quero
E de noite
De noite sonho contigo
…………..
Se eu soubesse
Se eu soubesse que morrendo
Tu me havias
Tu me havias de chorar
Por uma lágrima
Por uma lágrima tua
Que alegria
Me deixaria matar

Hechizado por unos ojos verdes, esa noche Juan se enamoró de Lucía… y del fado, la voz y la magia del alma portuguesa.

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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