La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

¡Maldita seas, Bernarda Alba!

¡Maldita seas, Bernarda Alba! El cuerpo de tu hija pequeña, Adela, cuelga del techo. La soga ha partido su cuello, marcando el compás del resto de su cuerpo, que oscila de un lado a otro. Frente a ella, Bernarda Alba, manteniendo la rigidez, ni siquiera mueves los ojos, anclados en sus pies. Tu corazón tiene fijo el pulso. ¡Ni una lágrima! Te rodean el espanto y los lloros nerviosos de tus otras cuatro hijas, pero tú solo tienes una respuesta: “¡Silencio!”. Ni una lágrima por la criada en tu panza, por la parida desde tu dolor, por la amamantada con tus pechos.

¡Maldita seas, Bernarda Alba! Culpable eres del suicidio de Adela, de tu Adela, de tu hija. Le has hecho creer que los dos disparos de tu escopeta acaban de matar a su amado Pepe el Romano, tras sorprenderles en plena entrega a la impureza. ¿Por qué has escondido la verdad de que su caballo fue más veloz que tus podridas balas? Ahora la tormenta ha estallado en tu propia casa. Esa cárcel en la que trataste de sumergir a tus cinco hijas, negándoles tu cariño de madre y otorgándoles únicamente la coraza de la recta moral, la decencia y el luto que amortaja en vida. ¡Has podrido la vida de tus hijas! Has querido helar sus instintos, has querido matar su condición de mujeres… El qué dirán, la imagen de recato y orden ante el pueblo han triunfado sobre la libertad de unas mujeres obligadas a ahogar sus pasiones y sentimientos. ¡Como si se pudiera fingir que se siente!

¿Se puede lograr que una mujer no sepa que tiene alma y senos? ¿Para qué? ¿Para que nunca deseé sentirse amada y abrazada por un hombre? La felicidad, el amor, la sensualidad, el deseo, la pasión, la alegría o la esperanza merecen vivirse por la misma posibilidad de la libertad, la misma que nos puede llevar a la equivocación, el desengaño, la tristeza o la muerte. Pero, si morimos, que sea por nosotros mismos. ¡Y tú has matado a tus hijas en vida!

Blanco y puro es el sacrificio que has erigido en el pedestal de la decencia. Angustias, Magdalena, Amelia y Martirio son ya marionetas de tu ofrenda a Dios. Ese Dios al que le rezas el rosario mientras niegas la razón por la que, hecho hombre, murió en la Cruz: el amor. Has conseguido que tus hijas solo se miren entre sí desde la envidia, la amargura y el desgarro. Para Angustias era Pepe el Romano. Tú la señalaste para la boda, pues era la mayor y la más rica, fruto de tu primer marido y su herencia. Pero Pepe el Romano era un hombre, la imagen del pecado siempre insinuado y nunca visto por las hermanas. Los celos llegaron en un cenagal de malas pasiones regado por la impiedad de una madre que siempre presumía de piadosas prácticas, de reina de las buenas costumbres.

No podía ser de otro modo. La tormenta tenía que estallar. La menor, Adela, intuyendo por su propia naturaleza lo que era el deseo jamás rozado, cometió el mayor de los horrores: amar a Pepe el Romano en la madrugada, bajo la protección de la noche, ahogando los jadeos tras los barrotes de la ventana. ¿Cuándo? Después de que el hombre cumpliera con el ritual de la decencia y “hablara” al mirador con una Angustias a la que su madre le había dictado la plena sumisión al macho: “Habla solo cuando él hable, no le preguntes nada, haz lo que diga”. O lo que es lo mismo: sé su esclava, hasta que la muerte os separe, y jamás busques amor o dicha. Eres una mujer…

Adela, consciente de la traición fraticida, víctima de haber sido moldeada para la servidumbre, ama a Pepe el Romano porque se lo dicen sus impulsos de mujer, su corazón de chiquilla rebelde y su carne anhelante. Es la naturaleza pura, estallante. Por eso ni siquiera se arrepiente de desfogar al que será marido de su hermana. ¡Pero la culpa es tuya, maldita Bernarda Alba! Solo te queda algo por cumplir. La última misión: “Que bajen el cuerpo y, al amanecer, tocaremos las campanas, para que lo sepa el pueblo. Nunca contaremos lo que ha pasado a nadie. Diremos que murió virgen… ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio!”.

———————————–

Oh, Dios Todopoderoso, ya tienes una nueva hija en el rebaño de tus cielos. Es de buena familia. Decente. Virgen. Aunque no fuera feliz. Aunque su propia madre mantuviera el pulso incólume ante su cuerpo ahorcado.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído