La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Rigor y sosiego ante Santiago Carrillo



Ahora que ya ha transcurrido casi una semana desde el fallecimiento de Santiago Carrillo, una vez que ya se han vertido todos los análisis y, sobre todo, ahora que ya han cesado las pasiones, es el momento en que quiero dejar una pequeña reflexión ante quien fuera secretario general del PCE en el exilio y en los primeros años de la democracia. Más de uno me ha tachado estos días de demasiado exaltado en mi valoración positiva sobre su persona. Por eso, hago un esfuerzo y dejo reflejada una visión más amplia, rigurosa y sosegada
.

En primer lugar, ¿cómo negar el pavor ante el primer Carrillo? No hay duda de que fue un golpista (participó activamente en la revolución de Asturias de 1934, contra el Gobierno legítimo) y, con la Guerra Civil, fue un exaltado llevado por el odio. Militante ortodoxo ya del comunismo voraz, al que llegó desde el socialismo, fue responsable de la matanza de Paracuellos. Dicho esto, y puesto que éste es el único episodio que hoy muchos recuerdan, planteo algunas preguntas: ¿fue el único responsable o, como encargado de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, hubo muchos otros responsables que, además, lo fueron directamente? ¿No formó parte del estallido general de odio que inundó España entre 1936 y 1939, dejando terribles acontecimientos a uno y otro lado? ¿No será que Carrillo, una vez que en el exilio se erigió como líder del comunismo español, fue señalado por el Régimen de Franco como el gran “ogro” responsable de la, aparentemente, “única” matanza? ¿Y qué dicen algunos historiadores que tanto se esfuerzan en contextualizar periodos como la Inquisición o las guerras de religión? ¿Las atrocidades en una brutal guerra fraticida no las contextualizamos?

Por favor, es duro y complejo escribir esto último. Por supuesto que los fusilamientos en masa de Paracuellos, como todos los demás, a uno y otro lado, insisto, fueron nauseabundos. Como también lo fue la actitud del propio Carrillo rechazando públicamente a su padre por haber apoyado el golpe de Casado que significó la rendición de las fuerzas republicanas. En una famosísima carta pública, incluso afirmó que mataría a quien le regalara la vida de tenerlo enfrente. Tampoco me quedo con el Carrillo que, en los duros años del exilio, depuró a muchos camaradas del partido. No, Carrillo fue un ortodoxo, un representante del comunismo soviético más frío y sanguinario.

Hasta aquí la crítica. Pero, con ese mismo esfuerzo por hacer un análisis desde el rigor y el sosiego, permítaseme recordar en toda su positividad que, después, desde muchos años antes de morir Franco, apostó por romper amarras con el estalinismo y dio el paso hacia un “eurocomunismo” defensor de la “reconciliación nacional” entre españoles. Algo que él mismo se aplicó con el abrazo, al final, con su ya moribundo padre.

Lo he escrito varias veces antes, mucho antes de su muerte. Carrillo, Suárez y el Rey fueron los tres pilares de la Transición. Muchos otros ocuparon la segunda línea: Felipe González en el socialismo, Fraga en la derecha, Tarancón en la Iglesia, Gutiérrez Mellado en el ejército… Todos ellos, y muchos más, fueron esenciales en el paso pacífico de una dictadura a una democracia. Pero, entonces, siendo el PCE el “coco” y Carrillo el “demonio con patas” temidos por muchos españoles criados en el franquismo (el PSOE, tras su abandono del marxismo en Suresnes, poco antes, gracias a la valentía y la visión de Felipe, no infundía ese sentimiento de rechazo y, de hecho, no hubo apenas polémica con su inscripción como fuerza política legal), podían haber tensado la cuerda. Fue el compromiso personal de su líder y su estrecha colaboración con Suárez (bajo el apoyo del Rey) lo que marcó el principal hito del consenso y la reconciliación. Con un gran coste para ambos líderes políticos, por cierto. Al propio Carrillo, a la larga, aceptar la Monarquía constitucional y la bandera bicolor le costaría, además de varios contundentes fracasos electorales (también porque el PSOE, entre los no comunistas, tenía una cara más amable y moderna) ser denostado por el propio PCE.

Reconozco las temibles sombras del primer ortodoxo marcado por el fanatismo frío. Pero, como español de treinta años que da las gracias cada día por vivir en una democracia, quiero reivindicar al último Carrillo, el heterodoxo, reconciliador y cálido. Cuando desfilé ante su cuerpo inerte, en su capilla ardiente, al contrario de quienes levantaban el puño, simplemente me persigné y oré por su alma. Sinceramente, espero que el Dios del Amor acoja sus 97 años de luces y sombras y quiera cederle una estancia en su lecho de paz.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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