
“¿Y quién decís que soy yo?”, se cuestionaba al que algunos llamaban profeta y otros mesías. No, en realidad, “soy Dios”, clamó tronante en la vigilia del 25 de noviembre, el día señalado en la Historia como la encarnación del Gran Hacedor en el cumplimiento de su gran obra: la libertad del Pueblo de Cataluña, cautivo de la opresora España. “La voluntad de un pueblo”, su lema electoral, era, ciertamente, la culminación de su obra: el 25-N, Don Artur, o sea Dios, debía renacer en la esencia misma de su Nación. Cataluña era Él. Con o sin mulas y bueyes como tiernos testigos, lo cierto es que el Niño nacería al ponerse la sombra en ese mítico día.
Pero llegó el ocaso sobre su domingo de gozos y este no era desfile triunfal. El Domingo de Ramos era Jueves de Pasión. La luz era negritud, caverna. El Rey que debía abrir las aguas al paso de su rebaño se había encontrado con que este, mientras subía al encuentro de las Tablas de la Ley, adoraba al becerro de oro. Los catalanes, llamados por él al independentismo, se quedaban con quien primero les convocó a tal obra: en las autonómicas catalanas con más votos de toda la historia (11 puntos más registrados que hace solo dos años), CiU perdía 12 diputados y ERC, su alter ego original, doblaba representación.
Es decir, y volvamos a la narrativa añeja, a los pies del cadalso, el populacho se quedó con Barrabás. Salvo que, quien fuera asesino salvaje, es hoy un profesor universitario comprometido coherentemente con una ideología. Oriol Junqueras, arraigado en la fe de viejo cuño, representa la fuerza frente a la tibieza del demagogo iluminado de la última hora. Cuando llegue la auténtica hora, que se cumpla lo que haya de ser. Si es “la voluntad de un pueblo” la independencia, o no, que todo venga de la mano de San Pedro y no de San Pablo.
El ministerio petrino, aunque a veces tosco y errado, al menos es siempre sincero. El refulgir paulino, por provenir del converso de la última hora, queda en cuarentena: queda la duda de si es solo la triquiñuela de un hipócrita, demagogo, cínico y tramposo. El Pueblo de Cataluña ha sido sabio y se ha quedado con los puros pasos de los hijos de Pedro: Oriol Junqueras y su Caín, Albert Rivera (aquel poeta cuya tierra es Cataluña, España su país y Europa su futuro), hijo pródigo de la valentía políticamente incorrecta. Los tibios pasos de un falso San Pablo se han quedado con el fracaso: Pere Navarro y su socialismo dividido y desnaturalizado; y Don Artur, claro.
Y el 25 de noviembre Artur Mas se hizo hombre y descubrió que era un falso ídolo. El becerro de oro contra el que decía luchar. Su pueblo lo desnudó y lo arrojó al abismo. Aunque se amarre al trono…
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
