La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Mi fe, católica o no

Me considero católico, aunque aspiro ante todo a ser cristiano y soy consciente de que jamás me acerco a serlo mínimamente. Sin embargo, hoy, cuando un sacerdote al que conozco personalmente desde hace muchos años (eso es lo más doloroso, que no me lo dijo un cura sin nombre, un ente abstracto) me ha escrito públicamente, en el transcurso de un debate en redes sociales, que lo más coherente es que “me baje” de la Iglesia, porque “hace mucho que te presentas como católico pero no lo eres”, ha sido cuando me he sentido auténticamente noqueado. ¿Acaso es cierto? ¿Realmente no soy católico? ¿Vivo una mentira? ¿La finjo? ¿No soy capaz de engañarme ni de hacerlo con otros, que lo ven más claro que yo y me lo arrojan a la cara como si tal cosa?

Me cuesta hacerlo, pero trato de rezar todos los días. No siento un fuego que me abrasa, en absoluto una certeza. Me aterra morir. Si soy sincero, si profundizo en mi alma, me queda muy lejana la experiencia que muchos sí tienen de diálogo con un Dios vivo. Humildemente, casi en susurros agónicos, trato de dirigirme a Él para dar gracias, para pedir perdón y para rogar por lo que considero absolutamente esencial en mi vida. Hablo…, y nunca percibo una respuesta. Pero, aun así, trato de rezar todos los días. Todo lo que hago, todo, lo vivo con la sensación de ser visto por alguien que está muy por encima de mí. Aunque sea incapaz de hablarle. Aunque a veces lo vea como una idea, una aspiración utópica.

Voy todos los domingos a misa. Fui bautizado y he bautizado a mi hijo, al que espero educar en una fe mucho más fuerte y alegre que la mía. Me ha casado por la Iglesia con el mayor de los gozos. He recibido la comunión y me he confirmado con toda la ilusión. Me he estremecido pudiendo participar en la extremaunción de personas muy queridas para mí. Si en algún lugar siento a Dios es en los cementerios. Llevo en mi parroquia desde los siete años, participando doce años en la catequesis y siendo yo catequista otros doce. He sido peregrino apasionado en el Camino de Santiago, en Roma y en Tierra Santa. He dedicado miles de horas de conversaciones, de lecturas y sobre todo de propia escritura a tratar de reflejar esas y otras experiencias de fe. Si desnudo mi alma, como aquí, no es por entregarme a un espectáculo soez, sino porque creo que de verdad rezo de un modo mucho más auténtico ante el folio el blanco, en silencio y repensándome hacia lo alto. Estas mismas líneas son una (angustiosa) oración.

Creo que la fe no se proclama, se susurra con las manos abiertas. No se impone, se propone. No se instaura, se ofrece con un testimonio encarnado
. Más que las grandes historias de muchos santos reconocidísimos y ejemplares, me acercan a Dios los grandes heterodoxos que bosquejaron en las fronteras del espíritu: mis santos son San Unamuno, San Oscar Wilde, San Miguel Delibes, San Miguel Hernández, San Federico García Lorca, San Erasmo de Rotterdam, San Voltaire… Muchos lo creen una provocación, una pose. En absoluto. Realmente son ellos los que, en la duda, en la sensualidad, en el canto de la belleza que decimos creer creada, me tocan el corazón para Dios. Ellos y los misioneros, los cristianos que se encarnan en los más débiles de verdad, ajenos a la charlatanería.

A mis 34 años, constato por ahora dos grandes etapas. Tuve una “adolescencia” en la fe en la que fui militante y presumía de católico, aunque tampoco entonces tuviera certezas íntimas. Desde hace unos años, me siento muchas veces un anciano. Cansado de incomprensiones, de debates incendiarios sobre cosas que en el fondo sé que no son el meollo. Este, el eje de esta vida sin aparentes respuestas, es uno, solo uno: vivir tras morir o silencio eterno, muerte sin fin. Sigo cada día haciendo lo mismo que si fuera un convencido de la primera opción, aunque en mi alma anida la segunda.

Pero no, no me salgo del camino. No me bajo. La fe la vivo como una batalla que me llevará la vida entera. Atravesaré, como ahora, baches y rocas que me hagan parar por la asfixia. Pero no me saldré del camino. La meta incluye un cerrar los ojos fuertemente y un levantar los brazos como un niño. Por la esperanza de que Alguien, que siento que ve todo lo que hago, me abrace al fin. Para siempre. Con todos los míos.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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