La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Real Madrid de las canastas, una forma de sentir

Como si aún no nos lo termináramos de creer del todo, cuando Thompkins remachó sobre el aro un rebote milagroso que nos daba el triunfo en Belgrado, era verdad. Era palpable. La podíamos tocar: la Copa de Europa, la Décima, era nuestra. Y la levantábamos ante al actual campeón, ante un ejército de más de 10.000 turcos y, sobre todo, ante Zeljko Obradovic, el Dios del baloncesto. ¡La puta Décima!

¿Por qué no nos lo terminábamos de creer, si solo tres años antes ya habíamos levantado al cielo la Novena? Porque los madridistas de las canastas de mi generación (tengo 35 años) nos hemos criado con un equipo en el alambre: han sido años y años de no ganar nada, de derrotas históricas, de mazazos dolorosísimos como la Copa ULEB que se nos fue ante el Hapoel de Jerusalén o ese año en el que ni nos clasificamos para los playoffs de la ACB. Años y años de chanzas del resto de aficiones en la Copa, cuando se vive un supuesto ambiente de fraternidad (eso recalca la prensa) entre siete equipos del que siempre está excluido el blanco “merengón”.

Cuando los triples de Carroll, los robos de Rudy, los rebotes de Felipe, los vuelos de Doncic o los rugidos de Llull nos daban la vida en la final del ya inolvidable 20 de mayo de 2018 (veinte años después del gol de Pedja, la Séptima, otro alarido de alivio para muchas generaciones de madridistas) contra el Fenerbahçe, yo no me acordaba de la Novena ganada en Madrid (y que gocé en la cancha junto a los Berserkers en un hito de mi vida imborrable). Me acordaba de cómo se nos escapó la puta Novena los dos años anteriores en Londres y Milán. Me acordaba de las decenas de veces en las que, tras cada derrota de calibre, llegaba desde dentro del club el mensaje de que esta es “una sección deficitaria”.

Porque en el Real Madrid de Baloncesto, aunque ahora algunos lo olviden, la guillotina suicida ha sido esgrimida muchas veces desde distintas directivas. Algún día sabremos cuántas veces ha estado más o menos cercano el anuncio de que la sección se cerraba “para poder invertir más en el equipo de fútbol”.

Nos han querido dividir, haciendo ver que en el fondo no somos del todo el Real Madrid o que somos “de segunda”. Y muchos, una mayoría, seguramente habrían comprado (y sin demasiados traumas) ese mensaje de que el baloncesto es “un ornamento decorativo”. Algo que está muy bien, que te enorgullece cuando funciona, pero de lo que te puedes desprender sin excesivos traumas cuando ya es “deficitario”.

Por eso reivindico con toda mi alma que somos el Real Madrid. Fútbol y baloncesto, las dos mitades de un mismo corazón que en muchos palpita a borbotones, sintiéndonos más orgullosos de ser madridistas, si cabe, en los malos momentos, en los de las derrotas más crueles.

Otra cosa es que, los que tenemos la inmensa suerte de sentir de verdad como algo nuestro ese escudo clavado en una cancha de baloncesto, el deporte más bonito que existe, sabemos aún mejor si cabe lo que es el auténtico Real Madrid. Y este no es una multinacional, una empresa informe. Es una familia que puede festejar una Copa ULEB en el aeropuerto de Bruselas bailando con los jugadores… Porque entonces, lo que hoy se vería como un premio menor, a nosotros nos sabía a gloria pura. Porque era jarabe, una gota más para sobrevivir y darle un empujón a los lobos que dentro de casa esperan que caigamos al abismo.

En las buenas y en las malas, siempre contigo. ¡Hala Madrid de las canastas! ¡Hala Madrid!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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