La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Mi defensa de la justa memoria histórica en ‘San Miguel de Unamuno, mártir’

Mi defensa de la justa memoria histórica en 'San Miguel de Unamuno, mártir'

En mi libro ‘San Miguel de Unamuno, mártir’ (Avant Editorial, 2022) dedico una buena parte de lo escrito a la defensa de la justa memoria histórica sobre nuestro mayor horror nacional: la Guerra Civil. A continuación, cito algunos extractos sobre la cuestión y que aparecen en varios capítulos bajo el epígrafe ‘La Iglesia tiene deberes’.

…………

Humanamente, sé que es dificilísimo perdonar a quienes han asesinado a muchos de los tuyos. Humanamente, puedo comprender a la generación de hijos de Jesús de Nazaret (yo aspiro a sentirme parte de ellos, con mis muchos baches, debilidades y dudas) que, nada más acabar la Guerra Civil, veían a Franco como un “salvador”. También entiendo que, humanamente, muchos pastores, que se sintieron protagonistas en un régimen que se definía “nacional-católico”, se negaran a condenar a quienes les llenaron de privilegios.

Pero, si vamos más allá de esa lógica humana y nos adentramos de lleno en la utopía a la que pertenece todo creyente en el Evangelio, debemos reivindicar, como mínimo, la dignidad de las personas que fueron asesinadas en la Guerra Civil por las tropas o simpatizantes franquistas. Y eso nos ha de llevar al siguiente paso: defender públicamente que, en cuanto que personas, en cuanto que hermanos nuestros, merecen un entierro digno todos aquellos cuyos restos permanecen, más de 80 años después, dispersos en fosas comunes y cunetas, sin identificar.

No pido juzgar moralmente a los obispos que apoyaron con entusiasmo una dictadura en la que muchos españoles (los que no estaban en la cárcel, habían sido asesinados o debieron huir al exilio) no podían opinar públicamente. Como tampoco olvido a esa Iglesia, jerárquica y de base, que, en el tardofranquismo, se desmarcó de la tiranía, fiel al impulso del Concilio Vaticano II y alentada por un hombre libre como Montini, el gigante Pablo VI. Esa Iglesia encarnó la defensa de la democracia en un proyecto a reivindicar como fue la Transición.

Solo pido centrarnos en nuestro presente, pero sin olvidar lo que pasó. Porque de ahí venimos como sociedad. Por eso creo que hay que ir mucho más allá de pedir que “no reabramos las heridas de la Guerra Civil” y “olvidemos al fin estos temas”. No, hablamos de personas. De víctimas. De nuestros hermanos. Sin ningún atisbo de revanchismo, por supuesto, todos los obispos, religiosos, sacerdotes y laicos españoles tendrían que estar a una a la hora de defender algo tan esencialmente humano. Estas personas se merecen un reconocimiento público, oficial. O, como poco (y eso nos atañe a los cristianos), una oración silenciosa mientras son, al fin, enterrados con dignidad.

Llevamos muchos años oyendo hablar de “la revanchista Ley de Memoria Histórica de Zapatero”… Es hora de ir un paso más allá, dejarnos de simplezas y coger el toro por los cuernos: un comunicado de la Conferencia Episcopal Española pidiendo acometer esta obra anclada en el corazón del humanismo sería maravilloso. Pero aún más esperanzador sería que nuestros pastores hablaran de ello alguna vez en sus homilías. Cuando el comentario dominical del Evangelio nos da tantas excusas para abordar el perdón, qué bello sería ilustrarlo con un ejemplo tan concreto como este. Y tan revolucionario, en el sentido de que la misericordia no carece de límites.

¿Nos atreveremos a ello? Si Miguel de Unamuno tuviera 155 años y viviera hoy, estoy seguro de que lo clamaría a los cuatro vientos. ¿Utopía? Una verdad encarnada.

(…)

Este ya no es tiempo de “olvido”, de “dejar correr lo que ya pasó”. Es la hora de “cerrar heridas”, pero de verdad. ¿Cómo? Con gestos concretos. ¿Cómo? Conociendo a fondo lo que pasó entonces, sus causas y consecuencias, y aceptar al fin que fue nuestra gran desgracia nacional. Todos fueron (fuimos) buenos y malos. Todos: los vencedores y los vencidos. Pero, sobre todo, todos fueron (fuimos) víctimas de algo que no debió pasar. Pero que ocurrió y no se puede sepultar sin más, como el avestruz que mete la cabeza bajo la tierra.

El 20 de noviembre de 1975, España entera contuvo la respiración. Todos los españoles tenían miedo ante “lo que podía pasar”. Tras una etapa granítica de 40 años, cuyo antecedente directo era la Guerra Civil, éramos como polluelos al salir del cascarón en plena madrugada de invierno. Menores de edad, tutelados, unos oían hablar de “comunistas, socialistas, masones y judíos” y era como si lo hicieran de extraterrestres. Muchos otros, dentro y fuera de España, temían convulsión, violencia y, en el peor de los casos, una nueva contienda civil. Pocos confiaban en que el reinado de Juan Carlos I durara algo más que un suspiro. Apenas nadie confiaba de verdad en que lo que podía estar a la vuelta de la esquina era una democracia.

Pero esta no vino caída del cielo. El hoy tan denostado espíritu del 78 lo encarnaron políticos con altura de miras y disposición a la cesión en parte de sus planteamientos para avanzar hacia el bien común. Lo único negativo de esa generosidad es que se apostó, consecuentemente, por “olvidar y mirar hacia delante”.

Fue negativo moralmente, pero necesario. Entonces, en plena escalada de violencia de ETA, con un sector del comunismo que llamaba “traidor” a Carrillo y con la ultraderecha amenazando con un golpe de Estado, se actuó con lógica y pragmatismo. No era ese un momento para mirar cara a cara a nuestro cáncer histórico Había que edificar el edificio, y así se hizo.

Pero han pasado más de cuatro décadas. Ya sí, ya sí es tiempo de que miremos atrás y afrontemos, de un modo serio, la reconciliación nacional. Y aquí, estoy convencido, la Iglesia tiene mucho que decir. Por su peso histórico y por su papel protagonista en el franquismo.

Más allá de lo que proponía en el apartado anterior, apelo a un gran gesto en el Valle de los Caídos. Más bien a dos… El primero sería colocar una monumental placa en un lugar destacado con los nombres de las más de 30.000 personas enterradas allí; muchas de ellas, víctimas del bando republicano. Todas juntas y en orden alfabético, sin diferenciar ideologías.

El segundo, aprovechar la tumba vacía de Franco y colocar en ella, si la familia así lo consintiera, a Manuel Azaña o a Dolores Ibárruri, La Pasionaria (ambos murieron católicos, siendo, como es, una basílica). Manteniendo la tumba de José Antonio donde está, al lado del altar, ese sería el gran gesto de reconciliación nacional de nuestra Historia.

Si esto fuera imposible, otra opción sería desplazar al fundador de la Falange Española a una capilla lateral y colocar en las dos tumbas vacías a dos soldados rasos que combatieron y murieron en la Guerra Civil: uno nacional y otro republicano. Ambos, identificados con su nombre e historia personal.

Así, la iglesia seguiría siendo lo que es (un templo) y la cruz, la más grande de toda la cristiandad, cobijaría al fin a todos los caídos. Sería, ya de verdad, el Valle de los Caídos: un hogar de reconciliación y no un instrumento propagandístico.

¿Te imaginas, querido amigo lector, que esto se lleva a cabo? Y, aún más, ¿te imaginas que esto lo propone la Iglesia? Cuántas heridas sanaría un solo gesto…

‘San Miguel de Unamuno, mártir’ está editado por Avant Editorial.

 

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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