Un puñado de clásicos mutilados, el esqueleto de un vigilante de museo y doscientas ratas en libertad son los tres principales ingredientes de la exposición de debut de Banksy, el llamado «terrorista del arte». Tras humillar hace unos meses al Museo Británico al «colarles» una falsa pintura rupestre de un carrito de la compra, Bansky, el anónimo graffitero inglés ha organizado una muestra con una veintena de sus «clásicos remezclados», ya sean unos girasoles de Van Gogh con los pétalos marchitos o un plácido paisaje de Constable emborronado por una torreta de vigilancia.
Cuenta Gonzalo Suárez en La Razón que los visitantes de «Crude Oils» no pueden limitarse a contemplar las paredes de la galería, sino que también deben prestar atención al suelo para esquivar a las decenas de roedores que olisquean los pies de todos los presentes.
El jueves por la noche, un intenso olor de excrementos emanaba de la exclusiva sala del oeste de Londres que alberga la muestra de Banksy, a cuya puerta serpenteaba una larga cola de artistas, estudiantes y curiosos.
Tras firmar un documento que exime a la organización de responsabilidad ante cualquier accidente, a los visitantes se les permitía entrar en turnos de cinco minutos a la galería. Los más precavidos podían permanecer tras una mampara de cristal, aunque muchos más preferían disfrutar los cuadros directamente.
«Nunca he ido a una exposición en la que la gente preste tan poca atención a los cuadros», aseguraba una de las presentes.
Los roedores como símbolos
El concepto de la muestra es deliberadamente provocador, aunque no puede decirse que las obras resulten especialmente originales: Banksy se limita a manipular grandes clásicos de la pintura.
Así, la Marilyn de Warhol se convierte en la supermodelo Kate Moss, mientras que el río que discurre bajo el famoso puente de Monet está contaminado y en él flotan carritos de supermercado y conos de tráfico. «Sus versiones son banales y no aportan nada a los cuadros originales», sentenció un periodista de «The Times», Morgan Falconer.
Ante la falta de verdadera chicha en las pinturas, la cuota de subversión corresponde a las propias ratas, verdaderas protagonistas de la muestra. «Su presencia en la sala no es deliberadamente provocadora, sino deliberadamente divertida», asegura el autor.
«No cruzaría la ciudad para ver una exposición de pintura, pero sí para ver 200 ratas». Además, Banksy, que oculta su verdadero nombre por temor a ser encarcelado por sus graffitis ilegales, ve paralelismos entre los roedores y su propia trayectoria artística. «Las ratas representan el triunfo de la gente modesta, de los desclasados», explica en un comunicado. «Pese a los ingentes esfuerzos de las autoridades, han sobrevivido, han florecido y puesto a civilizaciones enteras de rodillas».
La muestra representa un notable giro en la carrera de Banksy, que hasta ahora había combinado sus provocadores graffitis con actos de «terrorismo artístico» en museos como el londinense Tate Britain o el MoMA de Nueva York, en los que cuelga sus obras y consigue que pasen desapercibidas durante días.