Obama sigue ocultando sus cartas: debería pisar el acelerador, no el freno

Obama sigue ocultando sus cartas: debería pisar el acelerador, no el freno

(David Ignatius).-Hemos finalizado la fase “Supervivientes” de la campaña presidencial, esa en la que las lumbreras y los encuestadores esperan a que uno de los candidatos dé el patinazo en los debates para poder nominarle de la isla ellos. Ahora, con apenas dos semanas por delante, tal vez podamos centrarnos quizá en el asunto de la capacidad de liderazgo de un país inmerso en problemas serios.

A pesar de la gran ventaja de Barack Obama en las encuestas, no ha argumentado aún cómo gobernaría en estos tiempos de crisis. Su comportamiento es fresco y tranquilo, su intelecto afiladísimo, y si los individuos elegantes fueran automáticamente buenos líderes, sería juego, set y partido para Obama.

Pero la capacidad de liderazgo es algo más misterioso, y viene en envases extraños — el abigarrado y depresivo Abraham Lincoln; el aristocrático Franklin Roosevelt; el cordial ex-actor Ronald Reagan; el tipo corriente y masculino Bill Clinton. ¿Qué hay dentro del envase Obama? Todavía necesitamos saber más.

Durante las dos semanas próximas, Obama debe ayudar al país a visualizar el aspecto que tendría una administración suya. Debería manifestar cómo intervendría en la crisis económica, un desastre en evolución al que comparamos tan a menudo con la Gran Depresión que la analogía está perdiendo su espantoso impacto. ¿Qué clase de gente designaría Obama en su gabinete? ¿Cómo se ocuparía de dos guerras, como comandante en jefe en lugar de como paladín político?

El país está buscando dos rasgos opuestos en el presidente siguiente — cambio y estabilidad. Obama incorpora ciertamente lo primero. Inició su campaña presentándose como el agente de cambio que podría superar divisiones raciales y partidistas. ¿Pero qué tipo de cambio? Extrañamente, para el gran retórico el asunto de la visión lleva algo difuso las últimas semanas. Obama debe revelar lo que tiene reservado dando a conocer más de las grandes ideas que animarían una presidencia de Obama.

El tema de la estabilidad es más difícil para Obama, pero es probable que sea crucial a la hora de hacer realidad la victoria que vaticinan las encuestas. El país está asustado, ahora más que hace unos meses. La gente quiere ser tranquilizada con que, a pesar de todo su discurso de cambio, Obama no va a echar a perder lo que funciona. Un anuncio ideal de televisión en la semana final sería un intercambio entre Obama y su en tiempos asesor económico, Warren Buffett. Eso equivaldría a dejarlo todo encarado, sospecho.

Equilibrar cambio y estabilidad en política exterior es el mayor desafío de Obama — y la mayor oportunidad de John McCain. Una “sorpresa de octubre” que dramatice la necesidad de una dirección experimentada ayudaría obviamente a McCain. Pero incluso en este caso, Obama puede utilizar las dos semanas próximas para enviar el mensaje de que habrá “una mano constante al timón,” por utilizar una de las frases de McCain.

La mejor manera que tiene Obama de dar señales de continuidad sería hacer público lo que me dicen que ya ha empezado a hacer en privado — expresar confianza en los dos líderes clave del Pentágono, el Secretario de Defensa Bob Gates y el jefe del alto mando central, el General David Petraeus.

Los miembros del círculo íntimo de Obama han discutido la posibilidad de pedir a Gates que se quede alrededor de un año como transición; el principal asesor en materia de defensa de Obama, el ex Secretario de la Marina Richard Danzig, incluso ha dejado caer directamente la idea. Esta transición tendría sentido para el país, y Gates respondería probablemente de manera afirmativa. En cuanto a Petraeus, se rumorea que Obama ha dado muestras de que escucharía cuidadosamente su consejo militar sobre Irak y Afganistán más que hacer cambios radicales.

Obama podía sustentar la continuidad y el cambio a la vez apoyando algunas de las ideas nuevas de Petraeus acerca de la forma de avanzar en Afganistán. Lejos de la imagen “incremento hasta la victoria” proyectada por la retórica de McCain, Petraeus está buscando formas de negociar con, y de persuadir, a los insurgentes. Quiere explorar treguas y alianzas con los jefes militares tribales que componen la “mafia insurgente” — para sacarlos del campo de batalla sin una nueva guerra. Eso es lo que hizo Petraeus en Irak, y es una estrategia que Obama podría apoyar para Afganistán.

La tentación para Obama será sentarse de brazos cruzados y evitar asumir el riesgo de definir su dirección en términos más claros. Para un hombre de poca ambición, esa estrategia de ir a lo seguro podría tener sentido. Pero Obama es algo diferente. Siendo optimistas, parece pensar más allá de los cálculos políticos de cómo salir elegido, hasta el problema más profundo de cómo liderar y gobernar. Durante estas dos semanas próximas, Obama debe pisar el acelerador, no el freno.

© 2008, The Washington Post Writers Group

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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