El plan económico de Obama : es caro pero no es en absoluto revolucionario y socialista

El plan económico de Obama : es caro pero no es en absoluto revolucionario y socialista

(Michael Gerson).- El plan económico de Obama es caro pero no es en absoluto revolucionario y mucho menos «socialista.» En la práctica, los presidentes estadounidenses cuentan con escasos recursos lo bastante importantes para alterar una economía continental. Durante un invierno económico, apartan la nieve del camino y a continuación se llevan los méritos de cara a la primavera.

Barack Obama salió elegido, en parte, como antídoto a la ambición. Al contrario que John F. Kennedy que hizo campaña contra la complacencia acomodada de la era Eisenhower, Obama apeló a una nación cansada de grandes esfuerzos nacionales, una nación deseosa de normalidad más allá de guerras, huracanes, inundaciones y plagas clasificadas como propias de los años Bush.

Pero en la recta final a la investidura, la escala de la ambición de Obama se está poniendo de manifiesto.

No me estoy refiriendo a su plan de estímulo, que tiende a ser limitado y convencional. Las bajadas de los impuestos de Obama están diseñadas para mejorar la liquidez del hogar medio. Pero es una ley insalvable de los paquetes de estímulo económico que los recortes fiscales tienen resultados temporales, igual que un café en lugar de comida para el que tiene hambre.

El gasto en infraestructuras propuesto por Obama tiene el atractivo Lincolniano de fomentar «las mejoras internas», elevando la perspectiva de que el gasto público pueda conllevar algún beneficio público duradero. Pero existe una delgada línea entre gasto en infraestructuras y gasto de contenido político, la diferencia entre construir un edificio, que puede promover el crecimiento económico, y pintar un puente, que simplemente proporciona unos cuantos puestos de trabajo durante algunas semanas. El Congreso no es conocido por su capacidad de disquisición entre líneas finas exactamente.

El plan económico de Obama es caro pero no es en absoluto revolucionario, y mucho menos «socialista.» En la práctica, los presidentes estadounidenses cuentan con escasos recursos lo bastante importantes para alterar una economía continental. Durante un invierno económico, apartan la nieve del camino y a continuación se llevan los méritos de cara a la primavera.
Pero existen otras dos áreas en las que las promesas de campaña de Obama están demostrando ser ambiciosas.

En primer lugar, Obama propone exigir a todas las empresas, menos las más pequeñas, que sufraguen el gasto sanitario de los empleados o que paguen un impuesto. También pretende crear un plan de protección médica público parecido a Medicare que competiría con la empresa privada a la hora de asegurar al que no tiene seguro. El problema reside aquí: puesto que el gobierno puede imponer controles a los precios, puede abaratar la opción pública. Las compañías, cansadas de ocuparse del lastre de la atención médica complicada, tendrán un incentivo para abandonar la protección a los trabajadores, y los individuos sin asegurar tendrán un incentivo para ingresar en el sistema público, alcanzando la nacionalización universal de la sanidad a base de pequeños pasos.

Al reaccionar a este enfoque, los Republicanos se enfrentan a una tesitura difícil y definitoria. No es 1994, cuando los detractores, sin ofrecer alternativas, tumbaron la reforma sanitaria Clinton. Muchas empresas están sinceramente descontentas con el actual sistema basado en el empresario.

Pero la sanidad dirigida por el estado es una línea roja ideológica para los Republicanos. En otros casos en los que la clase media se ha vuelto dependiente del gobierno en lo que a la sanidad se refiere, véase Gran Bretaña, la defensa conservadora de la responsabilidad individual y el gobierno limitado se ha visto fundamentalmente socavada. La gente se aferra a la seguridad de sus prestaciones sociales hasta cuando es tratada por un sistema de sanidad pública con incompetencia manifiesta. Ni siquiera el conservador más compasivo va a aceptar el control público del 16 por ciento de la economía.

Si la propuesta de Obama plasma una neutralidad genuina entre opciones sanitarias pública y privada, dotando a los individuos de una libre elección, podría recibir el significativo apoyo Republicano. Si el plan resulta ser un paso transitorio hacia un sistema controlado por el estado, Obama puede contar con un enfrentamiento serio, incluso por parte de un contrincante debilitado, porque los valores más profundos del conservadurismo estadounidense estarán en juego.

En segundo lugar, la escala de las ambiciones ecologistas de Obama se ha visto destacada por la actual crisis económica.

Es otra ley insalvable que las naciones prósperas y seguras de sí mismas hacen más por el medio ambiente que las naciones con problemas económicos. Y esto plantea un conflicto entre el diagnóstico medioambiental acuciante de Obama, una defensa científica paulatina de una probable y seria alteración climática catastrófica, y las realidades políticas y económicas del momento.

La piedra angular del enfoque medioambiental de Obama es «el programa de intercambio de emisiones impuesto a toda la economía,» diseñado para limitar de manera dramática la emisión de gases de efecto invernadero. Pero esto servirá de colosal impuesto al uso de combustibles fósiles en una economía en la que los precios de la energía en caída libre han sido una de las contadas buenas noticias.

Si Obama sigue adelante por encima de cualquier obstáculo con un sistema de intercambio de emisiones, los detractores Republicanos y Demócratas, centrados exclusivamente en el número de puestos de trabajo, van a encontrar montones de razones para la inercia legislativa. Si plantea un sistema de fases con demasiada lentitud, socavará su propio argumento de urgencia. Si abandona el sistema de intercambio de emisiones en favor de invertir en infraestructura ecológica, una red de abastecimiento eléctrico más eficaz, edificios públicos inteligentes, obtendrá lo que quiere, y también será castigado por traicionar un compromiso serio.

Durante la campaña, critiqué a Obama en ocasiones por carecer de concreción y ambición. Pero conforme emergen los detalles, las ambiciones de sus promesas de campaña quedan cada vez más claras.

© 2009, Washington Post Writers Group

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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