Mientras los negociadores occidentales celebran cada alto el fuego como un paso hacia la paz, los actores islamistas sobre el terreno lo celebran por razones completamente diferentes.
Una tregua, en la lógica de Hamás, Hezbolá e Irán, no es el inicio de un proceso político.
Es una inyección de oxígeno. Un período de recarga. El tiempo que necesitan para reconstruir lo que los bombardeos han destruido, reabastecer los arsenales que los combates han vaciado y reorganizar las estructuras de mando que las operaciones enemigas han desarticulado.
Lo dice sin rodeos Shawqi Abu Nasira, líder de fuerzas rivales a Hamás en Gaza: la tregua les ha permitido prepararse mejor y equiparse.
No es una acusación de la inteligencia israelí ni una interpretación occidental. Es el testimonio directo de quien observa el proceso desde el terreno.
Gaza: el alto el fuego como reconstrucción
En Gaza, el patrón es visible y documentado. Cada pausa en los combates ha sido aprovechada por Hamás para reconstruir centros de operaciones, reabastecer arsenales y consolidar el control territorial. Los túneles que los bombardeos israelíes destruyen vuelven a excavarse durante las treguas. Las redes logísticas que los ataques interrumpen se reconstituyen cuando los aviones dejan de volar.
La comunidad internacional observa las treguas con optimismo, convencida de que el silencio de los cañones es el preludio de una solución política. Hamás observa las mismas treguas con satisfacción, convencida de que el tiempo que no hay combates es tiempo que trabaja para ellos.
Son dos interpretaciones del mismo silencio. Y la experiencia de los últimos años sugiere cuál de las dos se ha ajustado mejor a la realidad posterior.
Líbano: Hezbolá intacto después del alto el fuego
El patrón se repite con más claridad todavía en Líbano. El acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hezbolá de noviembre de 2024 preveía el desarme progresivo de la milicia en el sur del país. El Ejército Libanés debía asumir el control de esa zona.
Nada de eso ha ocurrido. Hezbolá ha mantenido su arsenal durante los meses de tregua. Lo ha reabastecido sistemáticamente. Y el Ejército Libanés no ha tenido ni la capacidad ni la voluntad política de enfrentarse a una organización que tiene más armamento, más dinero y más disciplina que el propio ejército regular del Estado.
Irán busca exactamente eso: mantener a su proxy más eficaz en condiciones operativas, permitiéndole recuperarse mientras la presión internacional se dirige hacia otros frentes. Los líderes de Hezbolá ya han rechazado la extensión del alto el fuego anunciada por Trump, advirtiendo que «más combates están por venir».
No es una amenaza retórica. Es una descripción de su plan.
Irán: fracturas internas y negociaciones en Islamabad
La situación iraní añade una capa de complejidad adicional. Trump extendió indefinidamente el alto el fuego con la justificación de dar tiempo a Irán para presentar una «propuesta unificada». Pero esa extensión refleja menos un deseo de paz que las fracturas internas de un régimen que no tiene una posición coherente porque sus facciones no se ponen de acuerdo.
La Guardia Revolucionaria quiere resistir. Los sectores más pragmáticos del sistema calculan que la economía no aguanta indefinidamente el bloqueo de Ormuz y la presión combinada de las sanciones. Y Mojtaba Jamenei, el hijo del líder supremo fallecido, gravemente herido en los ataques israelíes, es una incógnita cuya influencia informal sobre cualquier acuerdo nadie puede cuantificar con precisión.
Este fin de semana, Steve Witkoff y Jared Kushner se reúnen en Islamabad con el canciller iraní Abbas Araghchi con Pakistán como mediador. EE.UU. exige control sobre el Estrecho de Ormuz, garantías nucleares y el fin de las amenazas iraníes. Irán pide alivio de sanciones, compensaciones y garantías contra nuevos ataques.
Las posiciones de partida son incompatibles. Pero Trump no tiene prisa, como repite constantemente, porque el bloqueo económico sigue activo y cada semana que pasa sin que Irán exporte petróleo es una semana más de presión sobre un régimen que ya tiene inflación al 50% y dos millones de empleos perdidos desde que empezó el conflicto.
El ciclo que Occidente no quiere ver
La incomodidad central del análisis que plantea este texto es que obliga a formular una pregunta que la diplomacia occidental prefiere no hacer explícita.
Si Hamás usa las treguas para reconstruir túneles y arsenales, si Hezbolá las usa para reabastecer sus depósitos de misiles, y si Irán las usa para reorganizar sus fuerzas y coordinar con sus proxies, ¿qué garantiza que el próximo acuerdo sea diferente a todos los anteriores?
La respuesta honesta es que nada lo garantiza si el acuerdo no incluye mecanismos de verificación con consecuencias reales por incumplimiento. Y los mecanismos de ese tipo son exactamente los que los actores islamistas se resisten a aceptar porque saben que incumplirlos es su estrategia.
Los mediadores paquistaníes trabajan contrarreloj en Islamabad. El alto el fuego se mantendrá mientras Irán prepara su propuesta. Y cuando esa propuesta llegue, la pregunta que todos los implicados saben cómo responder pero pocos están dispuestos a decir en voz alta es si será una paz real o simplemente la tregua más larga de un conflicto que los actores islamistas consideran, por definición, interminable.
El silencio de los cañones tiene dos lecturas posibles. Occidente elige sistemáticamente la que prefiere. Y los actores sobre el terreno aprovechan sistemáticamente la que conviene a sus planes.
