OPINIÓN / Asaf Romirowsky y Donna Robinson

Proceso de paz palestino-israelí, un viaje hacia ninguna parte

Los líderes palestinos e israelíes se esfuerzan por solucionarlo a través de la negociación

Proceso de paz palestino-israelí, un viaje hacia ninguna parte
Netanyahu, Obama y Abbás. EFE / Archivo

Algo ha ido terriblemente mal con el proceso de paz palestino-israelí, y la reciente decisión del primer ministro palestino, Salam Fayyad, de no encontrarse con el primer ministro Benjamin Netanyahu no es sino el ejemplo más reciente de motivo del pesimismo generalizado en torno a su trayectoria.

El llamado conflicto de Oriente Próximo se ha vuelto más espinoso que antes desde que los líderes palestinos e israelíes iniciaran sus esfuerzos por resolverlo a través de la negociación. De hecho, casi dos décadas de negociaciones han fracasado estrepitosamente a la hora de convencer a los líderes palestinos e israelíes de compartir de alguna forma el territorio y sus recursos. Y, en la práctica, el núcleo del conflicto tiene más que ver con la coexistencia en el mismo territorio que con la forma de dividirlo.

Quizás el descubrimiento de los numerosos sueños que permanecerían incumplidos de alcanzarse las promesas imprescindibles para un acuerdo, convenció a los políticos de ambos frentes de que resolver el conflicto sería más caro e impopular que prolongarlo.

Tal vez ambas partes se han aferrado más estrechamente a su discurso nacional que a las propuestas de intercambiar concesiones. Porque las conversaciones, en sí mismas, sacaron a la luz la brecha, menos relacionada con los dos grupos de negociación que con la diferencia entre la realidad y los sueños de resolución definitiva que los israelíes y los palestinos de a pie han sido alentados a imaginar.

Como poco, el discurso nacional da a palestinos e israelíes una definición clara de sus identidades colectivas hasta inmersos en su confrontación.

En el caso de los palestinos, una narrativa sustentada en las injusticias del exilio y la opresión se inyecta en la creación de un Estado que deja a demasiados refugiados atrás, en los mismos campamentos creados para lo que creyeron iba a ser un desplazamiento temporal. En el caso de los israelíes, cuya historia nacional está indisolublemente ligada a la supervivencia del pueblo judío, es preferible conservar el control del territorio que sirve como plataforma de lanzamiento de los atentados –incluso cuando las patrullas, controles y barreras de separación se describen a menudo como huellas de opresión– antes que regalar el territorio sin un compromiso palestino claro de detener su guerra y poner fin a sus agravios contra el Estado judío.

De ahí que el conflicto se prolongue; las negociaciones están en punto muerto y los llamamientos de la comunidad internacional al compromiso a través del Cuarteto y la negociación parecen más rituales lingüísticos que llamamientos a la acción.

En suma, un proceso de paz no puede tener éxito a menos que el férreo control del discurso que sustenta el conflicto se vea alterado. Y sólo puede relajarse su control si tanto palestinos como israelíes empiezan a tener experiencias mutuas distintas entre sí y de los dos Estados que se espera que la solución alumbre.

Cuanto más se encuentran palestinos e israelíes a través de una brecha de principios, más desconfían de un proceso que parece augurar un futuro lleno en realidad de incertidumbre, con independencia de lo firmes que sean los principios que lo definen. De hecho, la obsesión con los principios puede alimentar la fe pero no las energías para cambiar la situación sobre el terreno, para los palestinos en particular, demasiados de los cuales siguen viviendo sin acceso a los servicios básicos imprescindibles para la creación de una vida mejor.

El primer ministro Fayyad pone el acento en alentar la economía palestina como condición imprescindible para crear un Estado, prometido en tiempos como forma de superar la parálisis de la negociación con un lenguaje incompatible de derechos y agravios históricos.

Como es reconocido de forma universal, las presentes negociaciones paralizadas pueden degenerar de forma fácil en una violencia generalizada. Y aunque el sufrimiento puede pasar el grueso de la factura a los palestinos y los israelíes, la responsabilidad del posterior caos será acarreada en la misma medida por la comunidad internacional.

Es el momento idóneo de dar nueva vida al enfoque del primer ministro Fayyad y prescindir de los principios en favor de los programas. Que las negociaciones definan el objetivo de crear un Estado en lugar de configurar la soberanía, y que pongan el acento en la creación de instituciones imprescindibles para un orden político funcional la jornada que Palestina sea reconocida como miembro de las Naciones Unidas.

Los donantes externos deberían crear el modelo de este enfoque, alejando su ayuda de los colectivos que ponen el acento en las presuntas violaciones de los derechos humanos –colectivos cuyos programas están dirigidos fundamentalmente por organizaciones no gubernamentales radicadas en el extranjero– y canalizar en su lugar su dinero a la construcción de la identidad nacional y las empresas económicas.

Las elecciones a las asambleas legislativas y los municipios deberían celebrarse y no posponerse, permitiendo que los funcionarios se tomen en serio sus obligaciones de mantener el orden y la ley, la educación y unas infraestructuras que promuevan el crecimiento económico. Debería crearse un sistema tributario para alentar la actividad económica y el comercio. Los palestinos deberían ser recompensados por crear centros escolares innovadores. Los palestinos pueden forjar un camino a la realización y la autodeterminación estructurando sus propias instituciones locales.

Nadie cree que el rumbo actual prometa más que parálisis, o incluso cosas peores, si los palestinos reciben el apoyo a sus derechos nacionales a través del instrumento del derecho internacional o de los mecanismos de las organizaciones globales. La llamada intervención internacional no ha funcionado en el pasado y no es probable que produzca resultados tangibles en el futuro.

Construir un estado palestino es más fructífero que poner barreras a la paz. Durante la década de los 70, Gaza y Cisjordania constituían la cuarta economía de mayor crecimiento del mundo. Y el motor que impulsa esta explosión de actividad para los árabes de la región fue su conexión con el moderno y occidental vecino democrático orientado al crecimiento, Israel.

El reconocimiento mutuo sigue representando el núcleo del conflicto palestino-israelí. Pero no se producirá antes de que cantidades ingentes de palestinos puedan apreciar los beneficios económicos y políticos propios que pueden perder comprometiéndose con una lucha sin fin contra un Estado judío. Por desgracia, en la medida en que el Proceso de Oslo ayudó a la cúpula política tradicional a reafirmar su control sobre el destino de los palestinos sin poner fin realmente a su unidad de combate contra Israel, no va a aislar a los palestinos de a pie del retorno a la pobreza y el estancamiento, paralizando de esta forma hasta la idea de un proceso de paz.

De ahí que la reorientación en la construcción de un Estado palestino tenga garantías no sólo porque produce más beneficios para los palestinos, sino porque es probable que tenga apoyo israelí. Palestinos e israelíes experimentarán los beneficios de dos estados antes de aclarar los principios y las coordenadas que constituirán realmente la base de las fronteras trazadas entre ellos y los recursos que en última instancia están obligados a compartir.

 

Donna Robinson es catedrática de administración pública del Smith College. Asaf Romirowsky es analista del Middle East Forum, adjunto de la Fundación para la Defensa de las Democracias —Foundation For Dencense of Democracies— y miembro del King’s College londinense. Ocupa el puesto de enlace militar con el Reino Hachemita de Jordania.

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