NO DIGAS NUNCA MÁS PERRO FIEL, DI MOZART
(Breve apunte aclaratorio. El desocupado lector —ella o él— del relato que sigue ha podido leer antes —ergo, tener hoy, aquí y ahora, la obstinada sensación de déjà vu y/o lu— los renglones torcidos que lo conforman en las páginas 71 y 72 de la revista Portal, cuya presentación pública tuvo lugar el pasado sábado en la sede de la Peña La Teba —acrónimo de tudelanas/os en buena armonía—, con ocasión de las próximas fiestas patronales en honor de la egregia abuela de Jesús de Nazaret, santa Ana.)
“La originalidad no consiste en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si no hubiesen sido dichas por otro”.
Johann Wolfgang von Goethe
No digas nunca más perro fiel, di Mozart, pues en la exclusiva y selecta lista que recoge los nombres de los tales por antonomasia merece ser incluido, sin dejar un mínimo resquicio por el que puedan colarse de rondón ni la controversia, ni la duda, ni la objeción, el de la mascota del difunto Amadeo.
En los albores del siglo XXI, en la actual aldea global que ha devenido el mundo moderno, a nadie le puede extrañar que la fidelidad de Mozart haya traspasado fronteras y hasta cruzado océanos. Ni siquiera el afiladísimo dalle que porta y usa con proverbial e inigualable destreza la parca ha sido óbice para que el susodicho can se haya separado de su dueño, pues a algunos, entre los que me hallo, nos consta como notoriamente inconcuso esto, que, desde hace más de seis meses, el tal duerme a la vera de la tumba donde reposan los restos mortales de su amo en el cementerio de la localidad navarra de Algaso.
Al parecer, el golden retriever blanco (que su dueño, Amadeo, desde que lo compró, cuando apenas era un cachorro, cuidó de él como si se tratara del hijo que, por desgracia, a pesar de sus muchas preces, fue el don que otras tantas veces le denegó el Cielo) apareció en el camposanto, sin que nadie lo hubiera guiado hasta allí. Según declaró a los medios Eutanasio, “el Salaz”, sepulturero del Ayuntamiento, al tercer día del enterramiento de Amadeo, él vio, con sus propios ojos, cómo el perro empezó a dar vueltas por las distintas sepulturas y columbarios hasta que halló, ayudado (solo) de su instinto, la tumba de su amo.
Amadeo, si no marro, falleció un domingo por la mañana de un infarto de miocardio en su casa y a Mozart nadie le volvió a ver el pelo hasta que “el Salaz” clavó sus ojos en él. Dorotea, la leal esposa de Amadeo, elucubró tanto al respecto que llegó a pensar que le había ocurrido al can tres cuartos de lo mismo que a su marido, es decir, que tal vez había sufrido otro percance y había finado sus días, e incluso que había buscado sufrir dicho daño por empatía y/o simpatía con su dueño, solidarizándose hasta las últimas consecuencias con quien le había tratado con tanto cariño; empero, se llevó un alegrón fuera de lo normal, de aúpa, cuando, por un telefonazo de una sus hermanas, supo que Mozart había sido visto el jueves en el cementerio.
Dorotea, acompañada de sus hermanas Ana, Belén y Pilar y de sus sobrinas Raquel, Rocío, Alba, Natalia y Lucía, provista de un ramo de rosas rojas, fue al domingo siguiente, después de misa de doce, a visitar, por segunda vez (si contamos por primera la del funeral y entierro de su marido), la tumba de Amadeo y allí halló al perro. Al finalizar la visita, Mozart siguió a las cuatro hermanas y a las cinco sobrinas de Dorotea, que habían hecho el camino a pie, ya que las nueve musas regresaban juntas a la casa de su ama, donde los varones de la familia habían preparado para comer una barbacoa. Mozart despachó en un santiamén los huesos que le sirvieron, pero, al decir de Dorotea, como el can no se hallaba allí a gusto (nadie acertaba a dar con el quid o porqué), al atardecer volvió al camposanto.
Una docena de veces, por lo menos, durante el medio año largo que ha pasado desde entonces, Mozart ha hecho lo propio: ha acudido a la caseta que le construyó Amadeo y ha comido lo que había en su cuenco, pero con el crepúsculo ha retornado a la nueva casa de su dueño, al cementerio de Algaso, para cuidar el largo sueño de su amo.
Han sido de lo más variopintas las hipótesis o teorías que han circulado (unas, ciertamente, más verosímiles que otras) a propósito de cómo halló Mozart la tumba de Amadeo, pero, para el grueso de los algasianos, el hecho en concreto sigue siendo un misterio.
A muchos, una legión de curiosos, la historia de Mozart les ha llamado la atención e interesado sobremanera y les ha recordado las de otros fieles perros, como, verbigracia, la de Hachiko (“para can bueno el de Ueno”), el akita nipón, que acudía a diario a esperar a la estación de Shibuya a su dueño, el profesor Eisaburo Ueno, que impartía clases en la Universidad de Tokio, pero quien un día sufrió un derrame cerebral y murió. El perro aguardó el regreso de su amo durante los nueve años siguientes, que la mascota le sobrevivió a Eisaburo. En la estación de Shibuya, en abril de 1934, estando aún vivo y presente en el acto Hachiko, se erigió una estatua de bronce en su honor. En 1987 una película contó su historia y Hollywood contribuyó a extender aún más su fama de can fiel al hacer un remake (nueva versión o adaptación) de la misma en 2009.
Ángel Sáez García
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