PARA CREAR SE TIENE QUE CREER
Crear algo, lo que sea, puede ser lo más fácil del mundo o lo más difícil (son muchos los factores que pueden influir en el proceso creativo). Evidentemente, para crear uno tiene que creer que puede, que está capacitado para crear, ponerse a ello y salir airoso del brete, porque, en el caso contrario, la dificultad que entraña crear se acrecienta tanto que puede devenir en una omnímoda imposibilidad u ominosa incapacidad. Ergo, siempre que uno haya creado antes lo que sea, un poema (décima o soneto) o un artículo de opinión, para crear la obra siguiente solo deberá tener una idea (unas veces es más clara que otras; en algunas ocasiones no es más que una nebulosa) y poner, amén de todo su empeño, toda su inteligencia creativa para, primero, imaginarla mentalmente y, luego, verla físicamente culminada, hecha. Por tanto, la excelencia creadora, artística, como la actitudinal o “comportamental”, tiene una base o un fundamento en el hábito (costumbre). Cuanto más ejercitados estemos en el menester creativo más fácil nos resultará crear.
Hay artistas que te retratan en media hora con la sola ayuda de sus lápices de colores o pinturas y su don. Hay escritores que pueden hacer una prosopografía o una etopeya en esos mismos treinta minutos y que pueden ser tan apreciadas por ciertas personas como las aparentes fotos que acaba de coronar el mentado artista (ella o él).
Está claro que no todos valemos para todo. Hay quienes pintan estupendamente, quienes escriben música y la interpretan y/o dirigen, quienes diseñan edificios o vestidos, quienes curan enfermedades, quienes corren o saltan más que nadie, o sea, unos hachas en lo suyo. Hoy no hay genios como en el Renacimiento italiano, pero en todos los ámbitos del conocimiento humano hay quienes, aunque son humildes, dan sopas con honda a una patulea de engreídos (hembras y varones).
No sé qué les ocurre a los demás creadores, pero sí sé (me consta) qué me pasa a mí. Como contengo una legión de hacedores y otra de avezados lectores y experimentados críticos literarios, dependiendo de quién llevara las riendas o dirigiese el proceso en ese momento concreto y/o ejerciera de tal, estaré de acuerdo o disentiré de quien dio por buena la solución que halló. Celebro haber aprendido a soportar estoicamente las versiones de mí, como yo creativo, menos capaces, y, asimismo, a decidir dejar mis obras como quedaron, porque, si no, las estaría enmendando con cada nueva lectura que hiciera de ellas, hasta la víspera o el mismo día de mi óbito. Así que tengo la impresión refractaria de no acabarlas, no, sino, como he apuntado arriba, de dejarlas.
Ángel Sáez García