El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Si el sino se dignara preguntarme

SI EL SINO SE DIGNARA PREGUNTARME

Aunque no tengo cámara fotográfica (nunca la tuve, pero sí un móvil anterior con el que podía hacer fotos y hasta grabar vídeos cortos, que duraban un minuto seguido o menos), tengo la sensación refractaria de que hace seis meses, cuando te conocí, Iris, te hice una foto sin que te dieras cuenta (saliste al natural) y, desde entonces, esa imagen, que quedó enmarcada y grabada a fuego en mi memoria, me viene, de cuando en vez y/o de vez en cuando, a la mente. El pie de foto no recoge tu gracia de pila, Iris, sino esta frase de gratitud: “Le doy gracias al azar, a Dios, o a la naturaleza por brindarme la ocasión de poder dar, por fin, contigo, de volver a confiar en una mujer de carne y hueso”. La susodicha frase venía a reconocer, de manera explícita/implícita, que tuve suerte al encontrarte y, aunque otras féminas anteriores me defraudaron (puede que sucediera lo propio a la inversa o viceversa, o sea, que yo también les saliera rana a ellas), que daba por bueno lo vivido, esas experiencias acumuladas, por propiciar con tu proceder que volviera a ilusionarme, al haber hallado en ti a una musa inspiradora y destinataria (al ser el alfa y el omega, el origen y el destino, la fautora de muchos de mis textos y a la que debería remitírselos sin falta, en exclusiva).

Hace medio año, cuando me di de bruces o topé contigo en la mayor de las Islas Afortunadas, acudió de nuevo a mi pesquis ese pensamiento inmarcesible, imperecedero, que ha devenido clásico, de José Ortega y Gasset que dice así: “Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Es evidente que tú me salvaste a mí (¿podrá poner alguien en tela de juicio este aserto?), porque mi musa anterior había dejado de serlo (como ella me lo pidió, no pude negarme a concederle, ipso facto, dicho ruego); pero no es menos claro, meridiano y/o notorio que yo también te salvé a ti, porque nadie antes (que yo sepa) había reparado en tu condición latente (ahora, por fin, patente) de estro poético (al pasar de musa en potencia o posible a en acto o actual).

Ignoro, Iris, qué nos deparará el destino, pero si el sino se dignara preguntarme al respecto, le respondería, sin ambages, que me daría con un canto en los dientes si él optara o se decantara por su primera mitad (el “si” con tilde, sí; y no por la segunda, el “no”), por que tú fueras mi musa definitiva.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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