¿POR QUÉ AQUELLO QUE AMAMOS LO MATAMOS?
Hoy, treinta de noviembre, durante el proverbial rato de siesta, se me ha aparecido en sueños el excéntrico novelista y comediógrafo irlandés Oscar Wilde. ¿Con qué objeto (cabe preguntar/se)? Puede que lo haya hecho a fin de que el abajo firmante de estos renglones torcidos, servidor, no echara en saco roto ni/u olvidara, esto es, rememorara que quien rubricó “La importancia de llamarse Ernesto” (1895) murió indigente, precisamente, en la misma fecha, pero del año 1900, en la capital francesa. Así pues, es lícito, oportuno y posible argüir que Wilde ha venido a decirme cuanto acostumbra a aducirle a quien decide ponerse a leer y pasa con placer las páginas de su obra más poética (aunque no faltarán los críticos literarios, ellas y ellos, cítricos, sin duda, que muden dicho adjetivo calificativo por otro, patética, verbigracia), “La balada de la cárcel de Reading” (1898), que “¡Sépanlo todos! Cada hombre mata lo que ama: unos, con mirada cruel; otros, con palabras amorosas; el cobarde, con un beso, y el valiente, con la espada”. Y, también, a agregar que la desplazada y extraña tonsura que me había salido en la parte izquierda del cogote tenía como causa incontrovertible que mi amada musa chicharrera Iris/Amanda había cortado todo tipo de contacto y/o comunicación (dejándome arrumbado, como así dejó, olvidada, su dueña el arpa de la “Rima VII” de Gustavo Adolfo Bécquer, “silenciosa y cubierta de polvo”) conmigo, y eso había derivado o me había provocado un estrés extra que, añadido al estrés general y habitual, el pandémico, originó o contribuyó a desencadenar la caída del cabello en ese corro de mi cabeza.
Fuera verdad de la buena, fetén, apodíctica, o no, lo referido por Wilde en el sueño de marras, que la culpable, sin ninguna hesitación, de mi rara pérdida de pelo o tonsura fue Iris, temiendo que mis manos se mancharan con la sangre de mi venerable estro poético, qué desmán, pues no podía desoír el pensamiento tantas veces recordado del dandi irlandés en torno a la tentación (“La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal”), como me juzgué incapaz de coronar o culminar con éxito el mentado “musicidio”, o sea, el asesinato de Amanda, encargué a mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, que corriera con el marrón y llevara a cabo él el trabajo sucio susodicho de finiquitar a la venusta, sutil y fértil Iris, literariamente hablando, insisto e itero, literariamente, claro, no físicamente, un despropósito, propiciando, por ejemplo, que Amanda, en el texto ideado por él, imitando a la Dido de la “Eneida”, de Virgilio, decidiera, por su cuenta y riesgo, morir devorada por las llamas, tras lanzarse, desesperada, desesperanzada, a otra pira, aunque lo hizo echando mano de una falsa etimología, pues Metomentodo vino a cantar y contar una mentira como una catedral de grande, al sostener que, por eso, a las féminas que son rechazadas o repudiadas por sus varones voltarios, inconstantes parejas, que acaban sus días en una hoguera, se les suele llamar así, piradas.
Ángel Sáez García