SEMBLANZA DEL AUTOR QUE ME DIO VIDA
“LA COLMENA” NO FUE MAL SUSTITUTO
SALVADOR ACERTÓ; HOY LO RECONOCE
En España, país donde abundan las personas curiosas (en la doble vertiente, la negativa y la positiva, que cabe hallar en las dos primeras acepciones que de dicho vocablo da el Diccionario de la lengua española, DLE: 1. Inclinado a enterarse de cosas ajenas; y 2. Inclinado a aprender lo que no conoce), insisto (en la primera), con ganas de curiosear o fisgonear, pegadas a la mirilla de la puerta de su casa (a fin de guipar qué acaece en el descansillo), dadas al chisme, detalle o pormenor, sea este algo accesorio, marginal, secundario, resulta más atractivo invertir tiempo en comprobar, cual testigo presencial, cómo alguien sortea o supera los aprietos o bretes de la escasez dineraria, a base del DES, acrónimo de dedicación, esfuerzo y sacrificio, que ser hijo de un potentado o un ricacho y, por ende, tener el camino expedito de óbices o trabas; y, asimismo, más llamativa la imagen de un joven Otramotro (que aún ignora la decisión que le cambiará la vida, que su seudónimo más usual en el futuro le deberá tanto a don Miguel de Unamuno y Jugo, a lo escrito por él, a su obra, y, sobre todo, a su primer apellido, ya que de él extrajo Ángel Sáez su heterónimo por antonomasia o excelencia, tras llevar a cabo una mera descomposición del mismo y, a renglón seguido, una simple recomposición, después de la pertinente y preceptiva analogía: de Una-m-uno, salió Otra-m-otro), estudiante de las carreras de Medicina y Filosofía y Letras (se licenció en Filología Hispánica), que, para poder estudiar durante la semana en la facultad correspondiente, debe trabajar durante los fines de semana de barman o camarero, porque sus padres, sin posibles, con otras prioridades, con cuatro hijos menores de edad, pobres (mas no de limosnear o mendigar ni, por tanto, de solemnidad), no le pueden echar una mano (al revés, él les entrega íntegro el dinero de las becas, cuando lo recibe, en abril o mayo, avanzado el curso académico) y, también, los meses de verano (haciendo ferias, o sea, yendo a trabajar a diferentes bares y cafeterías de distintos pueblos navarro-riojanos y de la capital del viejo reino de Navarra, Pamplona, durante las fiestas patronales), hijo de un encargado de sección de una fábrica de productos derivados del cemento (terrazo, sobre todo) y cuando cerró la empresa, Enrique Jiménez S. L., haciendo tareas varias, entre ellas, urdir suelas de alpargatas de esparto, en la economía sumergida, sí, sin control fiscal del Estado, pues uno (eso era lo que solía argumentar su progenitor, Eusebio, entonces, y él repetía por doquier, como un mantra) tenía que agarrarse hasta un clavo ardiendo para ganarse el sustento diario con la labor, si no legal, ni reglada, ni reglamentada, sí decente que fuera, sin robar a nadie, solo con el sudor de su frente y el de sus hijos.
La educación (no solo religiosa) recibida de los padres Camilos (a quienes estuvo, está y estará, mientras viva, agradecido), sus estupendos formadores, durante siete años de su existencia, sin duda, lo marcó, pero tras acabar el COU, que cursó en las Teresianas, en el zaragozano colegio “Enrique de Ossó”, y dejar atrás la orden, pronto procedió a deshacerse de cuanto ahora no le servía. Así que dio rienda suelta a sus reprimidas y empantanadas pulsiones (sobre todo, a las sexuales). Una vez desinhibido, habiendo logrado expulsar de sí un surtido cúmulo de prejuicios (¡cuántos perjuicios acarrean!), devino en un provocador, en un libertario (en muchos ámbitos o terrenos, hasta en ácrata). Una de las primeras cosas que hizo fue deshacerse del sobrenombre que lo martirizaba, “Sor Ángela”, desquitarse y comprar la novela “San Camilo, 1936”, de Camilo José Cela, que fue el libro que había escogido y pedido a su profesor de Lengua y Literatura de octavo curso de la extinta Educación General Básica, EGB, Jesús Arteaga, y este había accedido, de buena gana, a ello, a que lo leyera e hiciera el trabajo final sobre él, pero otro educador del colegio de Navarrete, Salvador Pellicer, DEP, RIP, excelente profesor de francés, se lo arrebató de las manos (puede que observara que Ángel lo leía con fruición), aduciéndole que no estaba preparado para leerlo (y menos aún para entenderlo, por su complejidad, acaso añadiera). Mucho le molestó entonces ese gesto, indigesto, a Ángel. Salvador tenía razón; hoy lo reconoce. Ángel hizo el trabajo de “La colmena”, del mismo autor, que no fue mal sustituto.
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García