ESPECÍMENES PROBOS, LOS DOS “BARBAS”
DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO
“(…) En las cambiantes fortunas del tiempo, con sus quiebras, devaluaciones y pérdidas, lo que hemos dado resultará ser la más segura de nuestras inversiones”.
“(…) los seres humanos somos más colaboradores y menos egoístas de lo que nos hacen creer y nos espolean a ser”.
Irene Vallejo, en “Los huesos de la ternura”, título de la tribuna que publicó en la página 19 de EL PAÍS del domingo 14 de enero de 2024.
Como, a lo largo del estío había aprendido a ingeniármelas para hallar los medios de subsistir durante el resto del año, también me busqué una familia interina, provisional, sustituta de la auténtica o fetén, en cada pueblo o ciudad navarro-riojana a la que acudía a trabajar de camarero, durante los días (seis, siete o nueve) que duraban sus fiestas patronales; al cabo de los años, tras tantos veranos haciendo las mismas labores o tareas, que entonces servidor agrupaba o englobaba con un solo vocablo, “ferias”, me había convertido en un perito en ambas materias o menesteres, a fin de poder seguir realizando cuanto me gustaba y llenaba, acudir a la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza durante el luengo curso académico, pues servidor procedía de una familia humilde, donde había otras muchas prioridades (ergo, no había recursos crematísticos para dicho fin; es más, la beca que recibía, avanzado el curso, venía a incrementar las magras cantidades de contante y sonante que entraban en casa).
Así las cosas, sin miedo (aunque con alguna pizca o ápice del tal desperdigado por ahí, sin cepillar, como, asimismo, le ocurre a alguna miga de pan, que también suele quedar descabalada, encima de la camisa o el jersey, tras la última ingesta), recuerdo que el año 91, previo a la Expo, con obras por doquier en la citada capital andaluza, cursé desde Tudela (Navarra) la preceptiva solicitud y acudí a Sevilla a participar en el concurso-oposición de la asignatura de Formación Humanística (a pesar de que ya le di entonces las oportunas gracias a quien coronó la imprescindible gestión para que yo pudiera presentarme, mi amigo Javier Sanz, hoy, aunque no tengo apenas relación con él, vuelvo a iterárselas con redoblada, sentida y sincera, gratitud).
En el acto de presentación (que tuvo lugar el 1 de julio en un instituto sevillano sin aire acondicionado; los miembros que conformaron el diligente tribunal hicieron los trámites precisos, y su esfuerzo no fue baldío, pues lograron que les/nos cedieran las aulas de la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales para que el procedimiento selectivo no deviniera en un infierno) conocí a quien se apellidaba Sáez, de primero, como este menda; ya iba a protestar, porque la inicial de su segundo apellido era posterior a la G, de García, el mío, pero fui el siguiente en ser llamado, así que no hubo lugar a formular la indicada reclamación. Al parecer, el motivo radicó en que su primer apellido estaba mal escrito, terminado en ce, no con la correcta zeta.
Conocer a R. A. (esas eran las iniciales de su compuesto nombre de pila; no los expreso para mantener su personalidad en el anonimato, pues no he podido pulsar su parecer, al haberme resultado imposible encontrar su número de teléfono y contactar con él; de haber logrado ese propósito, le hubiera pedido su aquiescencia, el pertinente permiso, para poder usarlos en esta urdidura o “urdiblanda”) fue una suerte, y mantener un breve diálogo con él, tras dicho acto protocolario, otra. Habló con su casero y pude estar veinte días en el piso que quedaba enfrente del suyo, vacío, recién reformado, para alquilarlo durante la Expo, por un módico precio, una ganga. El próximo mes de julio se cumplirán, por ende, 33 años cabales de los hechos que acabo de narrar, grosso modo, en los parágrafos precedentes, pero no he olvidado el gesto (que, debido a la lejanía de casa, catalogué de gesta) de R. A., a quien yo siempre le coloco lo que cubría su faz, la barba cerrada y poblada que cuidaba. Me ha llevado a rememorar el excelente comportamiento que R. A. tuvo conmigo una extraña asociación de ideas: leer la tribuna de Irene Vallejo y recordar, a su vez, a un cliente habitual del bar “El Andaluz”, de Rincón de Soto (que regentaban Joaquín y Teresa, donde trabajé tantos años de camarero extra con mis amigos “los Luises”, excelente familia), apodado “el Barbas”, deudo de Teresa; si no marro, primo; lo llamaban así, pero no la llevaba cuando yo lo conocí ni durante los años posteriores, pero todo quisque lo conocía con el citado mote, que, una de dos, le pusieron, cuando volvió al pueblo, después de cumplir el servicio militar, con ella; o, en su defecto, tras regresar, se la dejó.
Nota bene
R. A. se empeñó en prestarme cinco mil pesetas para mi viaje de vuelta a Tudela, por si me surgía algún imprevisto. Evidentemente, se las giré, de manera oportuna, dándole las convenientes gracias.
Ángel Sáez García