¿ACASO LO CASUAL NO PUEDE ALIARSE
CON LO CAUSAL, FORMANDO DÚO O TÁNDEM?
Si hay dos acciones o actividades que, junto con hacer el amor (onanismo) y el humor (“burlonismo”), verbigracia, me incomoda sobremanera llevar a cabo solo, sin compañía, son ingerir alimentos (sean estos bebibles o comibles) e ir al cine o al teatro (porque lo mejor de ir a ver una película o asistir a la representación (sea el estreno o no) de una obra dramática (se trate de una comedia, drama o tragedia) es el rato de después, tomando un café, caña o refresco, sentados en sillas en torno a una mesa en un lugar, bar o cafetería, tranquilo, comentándola, destripándola; acepto, de buena gana, que haya quienes gusten mudar los verbos elegidos por mí por otros, los escogidos por ellos, estos, por ejemplo, criticándola, diseccionándola). Y es por la razón que acabo de aducir, precisamente, sin ninguna duda, de peso, por la que suelo escuchar la radio mientras desayuno, como o ceno, ingestas que acostumbro a culminar en soledad, y por la que llevo muchos años (no sabría decir, a ciencia cierta, cuántos) sin ir al cine ni al teatro.
Reconozco, sin ambages ni requilorios, que otrora, cuando estudiaba el Bachillerato Unificado Polivalente (BUP) en el seminario metropolitano de Zaragoza, el Curso de Orientación Universitaria (COU) en el colegio “Enrique de Ossó” y la carrera, la licenciatura de Filosofía y Letras (Filología Hispánica), en la mentada capital maña, el abajo firmante de estos renglones torcidos era un radioescucha habitual u oyente de radio empedernido. Ahora (ante el amplio abanico de posibilidades que nos brinda el dial), desde que falleció mi señera y señora progenitora, Iluminada, hace dos lustros escasos, escucho Onda Cero (mientras desayuno, el programa que dirige y presenta Carlos Alsina, “Más de uno”, cuya voz no me resulta cansina; a mediodía, mientras como, a Ignacio Escribano y, al acabar el programa local, el noticiario de las catorce horas, que lidera Elena Gijón, a quien a mí me gusta denominar “Aguijón”, pues logra espetar con humor el alfiler a la primicia hodierna, a pesar de esa genialidad que soltó Enrique Jardiel Poncela, cuando dijo y dejó escrito, negro sobre blanco, en letras de molde, que “intentar definir el humorismo es como pretender atravesar una mariposa, usando, a modo de alfiler, un poste telegráfico”; y por la tarde/noche, mientras ceno, a Rafa Latorre, que guía “La brújula”).
¿Que por qué elegí la emisora de Onda Cero, filial del grupo de comunicación Atresmedia, entre la variada panoplia de empresas radiodifusoras? Habrá quien no me crea, pero lo hice por una razón de peso para mí (que puede que no lo sea para quien me lee ahora, el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario), que me gusta callejear antes y después de cenar. Y, si se hace el esfuerzo párvulo de jugar con esas dos palabras, Onda Cero, buscando anagramas válidos, se puede encontrar y formar con ellas cuanto hago o suelo llevar a cabo mientras deambulo: que ando y creo.
Y todo lo anterior, los tres parágrafos que preceden, puede que se pregunte el avispado lector, ¿a qué, diantres, viene? Pues a eso voy y a esa cuestión me dispongo a contestar sin demora, a que hay quien no da crédito a la casualidad, pues solo cree, a pies juntillas, en la causalidad, es decir, en que cada efecto tiene una causa (o varias). Solo por pensar así, de la guisa susodicha, ¿qué criterio tendría usted, al respecto, de esa persona? Si me hubieran preguntado a mí, aseveraría que me parece un congénere o semejante sensato, consecuente, congruente. Ahora bien, ayer, sin ir más lejos, mientras estaba cenando y escuchaba la radio, en ese momento concreto, durante la sección denominada por Rafa Latorre, el director y presentador de “La brújula”, “Ambigú”, en la cadena de radio citada, este le preguntó a un colaborador sobre los vástagos de John Lennon (a veces, la circunstancia de ser el hijo de una celebridad, en lugar de ser una ventaja, se convierte en una rémora o inconveniente mayúsculo), el líder y fundador de la banda de rock The Beatles, que fue asesinado por Mark David Chapman, que disparó contra la espalda del autor de “Imagine”, en la que él vio una diana, cinco tiros del arma que empuñaba; y luego salió a relucir la gracia y el primer apellido de su esposa, Yoko Ono. Bueno, pues, en ese mismo instante, en el que escuché pronunciar dicho nombre, yo cerraba la puerta del congelador y llevaba en mi diestra el cono de helado que había sacado de él y dije, a renglón seguido, un segundo después: “Yo cono” (alargando, evidentemente, la segunda o). A eso ¿cómo lo llamaría usted, casualidad o causalidad? Tal vez, en este caso específico, lo justo sería hablar de un binomio, dúo o tándem de ambos conceptos. O ¿no?
Ángel Sáez García