El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

De vuelta a Algaso, coincidí con Mona

DE VUELTA A ALGASO, COINCIDÍ CON MONA

Ayer, de vuelta a Algaso, en el trayecto inverso o contrario al asiduo, al que estoy habituado a narrar, coincidí con Mona. Durante los veinte minutos, como mucho, que cuesta llegar en bus de Trinquete a la Muy Noble y Muy Leal ciudad norteña, no paramos de darle a la sinhueso. Puede que la razón estribara o radicase en que los dos compartamos el mismo miedo, o sea, tengamos horror vacui, pánico al vacío, y tendamos a no desaprovechar el tiempo, que, sí, es oro.

Como lo precipuo o principal debe ir en cabeza, tras interesarme y preguntar a Mona por el estado de salud de Toñi y su recuperación, su progenitora me dio una buena nueva: posiblemente mañana le den el alta médica; ella no quiere venir con su madre a Trinquete, sino quedarse en Zaragoza y perder las menos clases posibles. Ya veremos en qué queda la cosa, a qué acuerdo llegan madre e hija.

Mona trabajó, durante más de treinta años, como maestra de Educación Infantil y Primaria, y ahora está jubilada. Dedica muchas horas de su bien ganado tiempo de ocio a pintar. Me enseñó (gracias a esa estupenda herramienta de trabajo que puede ser un teléfono inteligente o smartphone, su cara positiva, porque también tiene su cruz o vertiente negativa ese mismo artefacto, que parece haber sido ideado o pergeñado por el mismo diablo) una decena o docena de fotos que había realizado a los últimos cuadros que había finalizado y firmado y, a simple vista, algunas de esas pinturas eran estupendas, excelentes.

Sin un ápice de presunción, sin una pizca de vanidad, me adujo que tenía material suficiente para hacer una exposición, pero que se sentía insegura por no haber sabido explicar a un marchante alguna composición por la que se había decantado en cierto lienzo y, por ende, sufría el síndrome de la impostora. Le hablé de que todos los creadores, todos, sin excepción, y eso nos hacía mansa y fieramente humanos, hemos tenido que escuchar alguna vez esa voz interior que nos saca faltas a diario, pero que, si somos inteligentes y les sabemos extraer el máximo partido o provecho, a esos reproches, a esa manera de sermonearnos, siempre que no le falte arte, eso nos puede resultar de mucha ayuda y devenir en recurso utilísimo.

Y la conversación siguió por estos derroteros:

—Ángel, es que a mí me llega a sacar, además de los colores, de quicio, como otrora hizo mi abuela materna, Gloria, que fue la persona que me educó, porque a mi madre, que era soprano profesional y siempre estaba viajando y actuando en diferentes óperas de los cinco continentes, la veía de Pascua a Ramos y, de manera continuada, solo durante diez días de las vacaciones de estío, que íbamos a una casa que alquilaba en Saint-Raphaël, en la Côte d’Azur, Costa Azul.

—¿No te llamaba por teléfono?

—Sí, todos los sábados, a mediodía. Pero escuchar su voz era un mal sucedáneo de su presencia y, sobre todo, de sus caricias.

—Aunque te parezca un problema subjetivo, personal, este es, objetivamente hablando, colectivo, coral. Les sucede a profesionales de distinto ámbito laboral. Entre actores, cantantes y escritores el síndrome del impostor está generalizado.

—Desconozco de dónde viene esa voz que nos culpa.

—Tiene diversas fuentes y/o son varias las varillas de ese abanico abierto por las que nos llega o viene.

—Yo he llegado a despreciarme.

—Y yo incluso a detestarme; pero, desde que aprendí a aceptarme como soy, con mis virtudes y mis defectos, al menos, ya no me boicoteo o saboteo, que eso, para lo que he vivido y padecido, es casi rozar el sumun.

—La educación religiosa recibida tampoco nos ha beneficiado.

—En unos pocos aspectos sí y en otros muchos no. Ahora bien, está claro que la idea de culpa, que ya circulaba por la sociedad de nuestra infancia, la estricta educación religiosa la incrementó.

Y aquí tuvimos que interrumpir la estimulante charla y despedirnos, porque ella tenía que tomar a renglón seguido, sin pérdida de tiempo, el bus a Zaragoza en otra dársena, en el asunto de “los pecados”. Y a mí me dio por recordar esa escatológica fórmula lingüística que vi grabada en más de un pupitre: 2P2+K2=PK2, que tenía esta variante: 2P2+K2=KK.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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