DISFRUTE LA GALLINA, AUN SIENDO VIEJA
Ayer, como me noté por tercer día consecutivo cuan barco embarrancado, encallado, varado, como mi esterilidad era evidente, notoria, como no escribía, me animé a probar una vez más, y constaté lo inconcuso, que el pozo de motivos y razones del que sacaba, un día sí y otro también, agua, o sea, ideas sin cuento (en realidad, cada una de ellas con el correspondiente suyo), este zahorí con sus pozales (sentidos e intelecto) estaba seco. Para demostrar que aún valgo para escritor, debo redactar, al menos, siete u ocho líneas seguidas del tirón, sin detenerme a pensar por dónde debo continuar, por el sencillo quid de que eso ya lo había pensado previamente. Si no lo consigo, me digo: necesitas un viaje a Rosales, Otramotro, sin falta; y, aunque tengo ropa allí de sobra, metida en varios armarios, introduzco en el bolso de mano un par de mudas, de camisas y pantalones y un chándal, lo cierro, y encamino mis pasos hacia la estación de autobuses de Algaso, a guardar fila, si la hay, y a pedir en la taquilla un billete hasta donde hallo la panacea, o sea, solución rauda al problema que acarreo, a volver a ser productivo, nada más inhalar y llenar mis pulmones con el aire salutífero que circula por la montaña.
Mutatis mutandis, así como se lee en el capítulo XXI de “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, frase que su autor pone en boca del zorro, “si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres”, otro tanto me sucede a mí, que empiezo a notar que todo va a mejor cuando tomo asiento en la plaza 26, que las dos personas que trabajan habitualmente en la ventanilla, nada más percatarse de mi presencia, me reservan. Y servidor, como de bien nacido es ser agradecido, se lo agradece sobremanera, siempre con una sonrisa, que, como adujo William Makepeace Thackeray, es “un rayo de luz en la cara”, y, esporádicamente, con una caja roja de bombones.
Compartí charla, en el trayecto hasta Trinquete, con una anciana, Ángela, que se parecía bastante, como un copo de nieve a otro copo de nieve, a una vecina mía de edificio, Herminia, que había sido maestra, pero que, antes de jubilarse, empezó a trabajar en obras de teatro y, ya había participado en una decena o docena de películas (y en una de ellas había sido la protagonista). Ella aún dice lo que le oído aducir más veces, que el teatro le ha dado años de vida y el cine se los ha multiplicado.
Me pasé al 25 y mi tocaya tomó asiento en el 26. Me dijo que había ido al hospital de Algaso a visitar a un hermano suyo, que tenía dos años más que ella, y Ángela no iba a celebrar los ochenta y tres, recién cumplidos, al que le habían extirpado la vesícula biliar.
Le pregunté cómo se encontraban ambos, su hermano y ella, y me dijo que ella mejor que él, que disfrutaba lo que podía; ahora menos, siendo vieja. Pero que intentaba sacarle el jugo a cada jornada. Y a mí me dio por recordar algo que se lee en el “Quijote” cervantino, “viva la gallina, aunque sea con su pepita” (como le dice Teresa a Sancho en el capítulo V de la Segunda parte).
Y aún se extendió en su respuesta, añadiendo esto:
—Hay días que no me puedo levantar a las ocho, sobre todo, en el invierno; pero, si lo hago una hora después, a las nueve, y empiezo a hacer las labores propias del hogar, sin sentir un dolor insoportable, ya me pongo contenta, y así sigo hasta que me meto por la noche de nuevo en el sobre. No me echo la siesta, porque me cae mal, como una patada en el estómago.
Antes de despedirnos, como Ángela tendrá artrosis, pero gasta una vista de águila, ya que se percató en una curva que hace la carretera, que queda a medio kilómetro de Trinquete, del cercano castillo de estilo mudéjar, donde se halla la parada del bus, para animarla, le recordé una frase del dramaturgo español Jacinto Benavente, que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1922, a modo de bienaventuranza: “Yo podría ser el último paria de mi reino, un leproso abandonado por todos, sin recuerdo y sin esperanza de goce alguno, y aún quisiera vivir”.
Nos dimos mutuamente las gracias.
Ángel Sáez García